periferialiteraria@yahoo.es
NUMERO 7
BOGOTÁ, Junio de 2008
Registro ISSN 2011-3013

Poesía:
Barbosa, Aluna y Castillo.
Idea ilustrada:
Carlos Andrés García Polo
Écheme un cuento:
Suárez, Murillo y Aalto.
Sala de ensayos:
Contextos / Poética.
Cine rotativo:
Perro que ladra, si muerde.
Reseñados:
A media cuadra, Stolpersteine,
El Señor Standard, La Señorita Oil Y Bengolea.
Museo de ritmos:
Entrevista con La 33.
art no déco:
Luís caballero, un cuerpo despojado.
Y unas gotas amargas...

JUNIO-AGOSTO NÚMERO 7
periferialiteraria@yahoo.es
Registro ISSN 2011-3013
COMITÉ EDITORIAL
editorialperiferia@gmail.com
Camilo Morón Castro
MartínTole González
Jefferson Murillo Copete
Iván Darío Moreno
Gina Barón González
Alexandra Rodríguez
Ramón Antonio Estévez
FOTOGRAFÍA
Oscar Heredia
PORTADA-CONTRAPORTADA
ILUSTRACIONES
Aracne Aalto
IMÁGENES DE LAS PÀGINAS 6, 7, 8, 9, 11,12.
Ana Carolina Castro
IMÁGENES DE LAS PÀGINAS 2, 3, 4,10.
DIAGRAMACIÓN
martintole79@yahoo.com
COLABORADORES
Edgar Suárez
Nicolás Corrales
Carlos Alberto García Polo
Jonás Vergara
Jerónimo Castillo
Álvaro Marín
Sveta Aluna
Selnich Vivas
Andrés Barbosa Vivas
BOGOTÁ D.C. 2008

Editorial

“Alguien se atrevió alguna vez a perturbar su soledad.
-¿Cómo está, coronel? –le dijo al pasar.
-Aquí –contestó él-. Esperando que pase mí entierro.” Gabriel García Márquez

Penosamente en este laberinto sin centro al que llamamos Colombia, no cesan los gritos sordos de los que ya no hablan ni en las paredes corroídas por la soledad del poder; donde hoy se leen las letras del miedo que anuncian el acecho furioso de pájaros oscuros en los lares capitalinos. En este impasible mes, de un año como los otros, volvemos a repensar algunos asuntos anestesiados, sin la cómoda certeza de no ser parte del impúdico componente de las estadísticas que se resguardan en las divinas gracias de la parapolítica, mientras observan indiferentes a estas fieras que se tragan de un bocado el horizonte.

Surgen preguntas y es necesario responderlas. ¿Quién controla los hilos de esta artimaña? ¿Quién responde por los muertos del paramilitarismo? ¿Los senadores? ¿El presidente? ¿La sociedad civil? En otra parte del mundo sería inminente la crisis institucional de la sociedad y del estado de derecho que la resguarda. La apuesta es recuperar los sanos oficios de la crítica en nuestra agonizante Sociedad Civil, ya que es manifiesta la carencia de estamentos políticos sólidos como un Estado que alimente el desarrollo del consenso y se muestre agregado de formas y relaciones de poder que favorezcan la vida social de los individuos. Sin embargo, hace todo lo contrario; pues la imposición de la seguridad democrática y el recrudecimiento del poder estatal solo ha generado difusos procesos de polarización política. La sociedad civil no puede actuar en la esfera pública por falta de una preparación política que garantice y respalde la participación activa de la ciudadana en los procesos políticos que le competen.

Más que nunca nos aferramos a los oficios de los estamentos jurídicos, la ciudadanía debe ofrecerle su respaldo a la Corte Suprema de Justicia para develar la participación de los culpables y se deje de encubrir los miles de delitos atroces cometidos por los señores de la motosierra y quienes los respaldan, incluido el presidente. No puede haber democracia sin claridad y los que descansan sobre la corrupción institucional son tan culpables como los que cometen los delitos a expensas de la población indefensa. La justicia no puede ser subscrita a repercusiones políticas a favor del gobierno, el Estado no es el gobierno deslegitimado, sin institucionalidad, y por ello los que tienen el poder deben responderle a la ciudadanía por sus fallas.

Ante esta penosa situación, un asomo de esperanza trascenderá a nuestras palabras cuando se deje atrás las estrategias del terror de los asesinos, los cultivos del odio, del destierro, cuando nos miremos a la cara sin temor, sin pánico, sin vergüenza ajena, sin los oficios del olvido. Como todos en este pedazo de mundo, tropezamos, caemos, nos golpeamos unos a otros y, sin embargo, podemos levantarnos, examinar el panorama que nos ponen en frente con deseos de romper el cerco impuesto y hacerlo desde la crítica transgresora. Estas páginas salen al público con un aliento indefinido, sin la periodicidad requerida por los señores del tiempo, que alimentan el miedo administrando sus inseguridades como nuestras. Sobra decir que no será la última vez que se topen con nosotros, disfruten la trocha que se abre a las palabras, aquí marcharán sus voces y sus letras…La Periferia

Poesía Inédita

La poesía sigue latente en este espacio sin reservas de tiempo y lugar. Buen síntoma es el asomo de los versos para acompañar los caminos que nos esperan, mejor aún es que todos los meses nuevas voces arrancadas al vacío pueblen estas páginas. Salud y buena digestión para los estómagos literarios.

Obra
Si algún lugar ocupas, es la ausencia
si algún lenguaje hablas, es el silencio,
en el espejo te veo, trazo tu silueta, la reconozco
casi tocas mis ansias.
Vida mía
tus pies pisan trozos calcáreos en que se inscriben leyendas
hendiduras de cuerpos que estuvieron.
Rozo tus dedos
te complaces con mostrármelos tan llenos de refulgencias
aunque me detenga y advierta el negro de mi sombrilla
como un presagio.
No ves que el mundo se está derrumbando
y hasta empiezan a deslizarse tus pendientes.
Desdóblate, silencio
porque a veces siento que hasta las palabras me inasisten
y empiezan a deslizarse por tu cuerpo
bella,
única,
mía...
Si algún lugar ocupas es aquel, junto a la ventana
donde nadie ve mi fantasma
cruzar doliente polo a polo de la Tierra.
En la radio suenan sermones y campanas.
Desdóblate, sonido, donde descansa en paz la sonrisa
y las colillas de cigarro se amontonan.
No las ves, pero están donde estuvieron
escuchando, sintiendo, aferrándose
en el lugar que las pisadas dejan sobre el césped
y muere el réquiem en la radio.

Querência
¿Quién susurra tras las paredes?
¿en qué garganta se atropellan los suspiros
en algún lugar de la sala?
¿qué mejilla dibuja una lágrima
con color de alma cuando llega la tristeza,
azules escamas cuando se instala la nostalgia
serpenteando en el ron que se derrama en las paredes?,
¿quién bebe su suavidad cálida?
La beben los gritos que en la noche
llaman con clamores las almas solitarias,
los ganchos sin ropa la beben
y reconocen su levedad en las noches embriagadas.
¿Quién añora tras las paredes,
tras el libro abierto que recibe sus lágrimas
como el suelo la hojarasca del árbol que languidece con los roces del tiempo?
¿quién tiene miedo de llevar su dolor hasta mañana
como el lío más pesado trasegando por el sueño
con la espalda corva y los zapatos que apenas arrastra?
Quien tiene miedo de la vida solitaria
y procura los saludos que ama
que ama la música que crece y estride en diferentes flancos
las fragancias del incienso y la marihuana
las conversaciones a medios oídos
los desnudos, tras la ventana
la tos que comparte cuando enferma, cual sueños que contagia
las tristezas, las alegrías
los cuerpos cuando se hablan;
a todos vosotros ama quien lloraba
y anhela compartir con vosotros el momento
en que a su lecho llegue la parca. Andrés Barbosa Vivas.


Canto para el vino nuevo
La dulzura perdida en el agosto,
cuando el ciclo te encuentra conformado
en el nuevo holocausto, te ha llamado
a ser vino en tu crátera de mosto.
Del terrón triturado a riego abierto
con cansancio de sangre viñatera,
surge un canto de luz hacia la esfera
que preanuncia tu cálido concierto.
Yo diré que abjuraste de los soles
para verte translúcido y sereno
desde el roble que ofrece de su seno
sus aromas pacientes y sabores.
Y en la estrella madura de tu sino
te solazas cumpliendo con la espera
cuando absorbes nobleza a la madera
mientras crece la fuerza en tu destino.
Pronto hará la trasiega su faena
donde el rito del hombre, en escondida,
busca hallar el misterio de tu vida
y que en néctar del cielo te condena.
Compañero de cáliz y de días
alargados por brindis y festejos,
tus designios habrán de verse añejos
cuando mermen tus fuerzas y alegrías.
Porque das, vino nuevo, tu dulzura
como un ángel que vino de visita,
te convoco a mi mesa y a mi cuita
y saludo en mi mano tu figura.

Quebrada de los cóndores
Fundamental y grave figura
poco a poco se atisba en lontananza
cuando se esfuma el vaho de bonanza
que le viste la impávida cintura.
Y entre el malle que intenta una espesura
profundiza la herida que no alcanza
a dar es corazón de la esperanza
hallada entre la hierba de natura.
El pie como chingón trepo de intento
buscando aquel sinónimo de vida
al fresco de la cánula del viento.
Y fue que la pupila enardecida
del cóndor le brinda su último aliento
a modo de saludo en su partida. Jerónimo Castillo


* Aún la piedra se estremece en su simpleza,
también ella se deja atravesar por la palabra
y se hace repetir las palabras.
Brilla, es cierto, como el olvido,
y, al ritmo de los golpes
prepara el sepelio de los días.
A veces, cuando hay buen clima,
se balancea entre las manos de un niño,
que juega a la guerra.

Sí,
Aún nos queda una palabra.
Y nosotros la decimos, porque la palabra corre peligro
in palabras.
Aún nos queda una palabra, y la decimos claramente,
Como si esta palabra fuera en realidad la palabra de las
palabras.
Lo decimos, porque queremos retornar a la palabra.
La decimos para que no mueran las palabras.
La palabra del retorno es la palabra del peligro,
y nosotros retronamos para decirla claramente..
Sí, la decimos, sí, decimos la palabra “sí”
y retornamos sin miedo a la palabra. Sveta Aluna


Écheme un Cuento.

El cuento es parte de la naturaleza narrativa de cualquier contexto. En esta ocasión ponemos a su arbitrio tres cuentos inéditos, con Vahído de Edgar Suárez se narra una historia de corte metafísico, marcada por la suposición de una fantasía mil veces revelada por una niña en sus desvariados sueños premonitorios. Jefferson Murillo nos trae Su sombra en la noche sin luna, una historia corta, donde un personaje sin alternativas, se ve perdido ante sus miedos, en una noche negra a expensas del sortilegio de una sombría figura femenina. Por último Aracne Aalto nos trae La Sospechosa de siempre una historia que no revela sus intenciones secretas; amorosos fantasmas forjan el mecanismo que sostiene la trama, generando un insano ambiente al lector que no sale del asombro hasta el inesperado final.

Vahído.
Hoy me desmayo yo, dijo Angélica cerrando los ojos y desvaneciéndose sobre el último puesto de la ruta nueve. Así permaneció durante algo más de tres minutos. El sol del medio día alumbraba su frente y calentaba el tapizado negro de la silla. Esporádicamente, Angélica, movía la boca y sobreponía un semblante alegre al temblor de sus párpados. Cuando despertó las compañeras esperaban expectantes las aclaraciones que el hombre le había entregado en medio de su vahído. Ella pasó saliva un par de veces y narró su experiencia con una sonrisa orgullosa, les dijo que el hombre le había dicho que siguieran regresando todas las tardes y que no había que preocuparse por la salud del abuelo de Norma porque lo que tenía no era cáncer.

Todo este asunto de las premoniciones y los mensajes empezó cuando Liliana se desplomó un día a la salida del colegio, todas las niñas a su alrededor quedaron marchitas ante esa leve presentación de la muerte, por eso cuando despertó la miraban como a un ser prodigioso, como a un resucitado. Nadie le habló ese día en la ruta, pero el incidente llenó los murmullos y los comentarios de la tarde. Liliana se sentó sola y avergonzada, pero su vergüenza se fue destiñendo hasta convertirse en una vanidad acogedora, se sintió exclusiva y sobrenatural, como si los desmayos fueran la señal de una nueva santidad que ahora la marcaba.

Al día siguiente Liliana no fue a estudiar, esto sobresaltó los ánimos y las conjeturas que rodeaban su desmayo. Nunca fue más extrañada. Cuando pasaron en el bus por el frente de su casa, todas se asomaron por las ventanillas, tratando de percibir aunque fuera una señal desde la construcción, pero todo era normal. El vehículo olía a lonchera sucia y a polvo, mientras una tierna llovizna se desgonzaba sobre el parabrisas.

Cuando Liliana volvió les dijo que su salud estaba perfecta, pero que en el fin de semana había sufrido un par de desmayos más, que la única respuesta que ella le daba a esta extrañeza era que el hombre, que se le aparecía en sus desvaríos, la convocara y condujera al desmayo para decirle algo importante, tal vez un secreto trascendente del pasado o una señal del inabarcable futuro. Describió al hombre como un tipo de piel negra y voz grave, con un turbante blanco y una túnica del mismo color, que sonreía al hablar y momentáneamente expedía fuego por los ojos.

El hombre de las apariciones pronto tuvo nombre. Lo llamaron Rafael. También tuvo pasado y maldiciones. La historia que las niñas construyeron de Rafael, era una mezcla de las contrariedades familiares de todas, más ocurrencias de telenovelas y episodios de cuentos infantiles.

También lo dibujaron. Según la votación y afirmación de las cuatro compañeras que compartían la milagrosa aventura, el dibujo que más se ajustó fue el que hizo Carolina.

El dibujo mostraba a un hombre moreno caminando entre arbustos, con las manos desproporcionadas y repletas de argollas. Su mirada denotaba fiereza, pero una leve sonrisa sobreponía cierta ternura a su rostro. En la imagen el hombre vestía una túnica blanca y tenía un turbante rosa con una piedra roja.

Los rituales, al cabo de unos meses, se volvieron fuertes presencias de fantasía y despropósito. Las visiones se fueron perneando con muertes y con posibilidades nefastas. En un comienzo los designios de los sueños eran benévolos, y oscilaban en premios y curas para los más allegados. En el día referido, cuando Angélica abrió los ojos para tranquilizar a Norma sobre la salud de su abuelo, no había aparecido ese alumbramiento fatal de las posteriores semblanzas.

Un día Rafael les habló sobre alguien que iba a ser atropellado. A los tres días las niñas vieron por las ventanillas del bus un cadáver sobre el asfalto. Estaba cubierto por una sábana, al lado de una bicicleta estropeada y un camión atravesado. La cantidad de gente era aturdidora. Las niñas se miraron sobrecogidas por cierta intranquilidad, este sentimiento tardó bastantes días en desaparecer. En esos días abandonaron sus visitas al oráculo.

Cuando volvieron los desmayos y las visiones, ya no estaba la sorpresa agradable de los buenos presagios, un sin número de fatalidades empezaron a enumerarse y a cumplirse irremediablemente.

Los cumplimientos del destino aparecían caóticamente, una muerte designada aparecía dos meses después, un desastre natural a los quince días. Algunas llevaban anotaciones de las calamidades no cumplidas. En aquella ciudad la fatalidad era cotidiana, por lo tanto, sus visiones siempre se iban a cumplir. Esta trampa que insertaron en su juego, las fue llenando de culpas y de un malestar que atravesaba sus quehaceres diarios.

Fue Liliana quien decidió ultimar la presencia de Rafael. Al abrir los ojos una tarde les relató a las demás una visión, en la cual un ángel enorme y hermoso atravesaba con una espada al adivino. Los rostros de las niñas resoplaron. La conmoción, de cerrar la puerta pesada de los sueños, hizo que el brillo del sol de aquella tarde fuera una imagen memorable y tranquila.

Todo esto me lo contó Liliana anoche. Su rostro era una sombra del insomnio. Me dijo que, después de la muerte del adivino, nadie más mencionó el tema. Que al siguiente año la cambiaron de colegio y no volvió a saber nada de sus compañeras, tanto así que no sabía si sus nombres era una suposición o una fantasía mil veces revelada. Aunque advirtió que no es su fuerte acordarse de los sueños. Edgar Suárez

Su sombra en la noche sin luna
Lento y quedo, fue levantando los ojos, sus pupilas estaban dilatadas, como si recordara un sabor lejano y tenían apariencia de vacío. Uno podría perderse recorriendo esa mirada amenazadora e inquietante. Pero habría que verla muda cuando una sombra involuntaria cubría su rostro y su tez iba adquiriendo un aroma blanco que resbalaba hacia sus labios, que al primer bostezo o palabra comenzaban a encenderse. Todo parecía tan natural, tan involuntario que uno llegaba a sentir que alucinaba; cuando eso sucedía el mundo y toda construcción, por idealista que fuera, comenzaba a ser real, como si se pudiera contemplar el tópico de los sueños al observar sus ojos y el color de su piel.

Y digo que la mirada era amenazadora porque al fijarse sobre mi rostro, me perdía en sus lamentos, en sus odas al amor y en unos ecos que brotaban de su alma, o de la caverna subterránea que acompañaba su mirada - ¿Quién era aquel ser? – aunque le conocía desde rato, sentía, a pesar de la absoluta sinceridad y claridad de sus palabras, que entre nosotros existía una pregunta; había algo insondable, por eso ninguno de los dos buscaba desentrañar su sentido.

Una noche después de visitarla sentí, al abandonar su casa, que el mundo se quedaba con ella y afuera todo era ausencia; la noche era absoluta, oscura, negra, sin estrellas; no podía distinguirse el cielo. Me detuve bajo un árbol, a poca distancia de la casa y adentro se apagó la única luz que ardía aquella noche y vi su sombra a través de las ventanas, que luego se cerraron. Sin esperarlo comencé a ser invadido por un sentimiento de terror que subía zigzagueando por mis piernas, acompañado por un aire frío que me paralizaba, como si al estar fuera de la casa el camino comenzara a marchitarse y otra presencia colmara los espacios. Me sentí como un niño queriendo correr para alejarme de allí -¿Quién era aquella mujer?- la tenía metida en la frente y en cada respirar llegaba a creer que la olvidaba, pero estaba ahí, señalándome, acosándome; así que corrí en mitad del frío y la soledad del camino, no miraba hacia atrás pero corría y pensaba en ella, en su rostro blanco y huesudo, en su piel de diosa verde, en su sombra y en sus pupilas dilatadas en la noche sin luna. Ahora no se si pueda regresar… Jefferson Murillo

La sospechosa de siempre
-Esa es una perra, se metió con el marido de Purísima, decían las viejas del pueblo. Me contaba esto cuando recordaba sus amorosos fantasmas, sonriendo tímidamente. Yo le preguntaba, con la ironía que nos caracterizaba, por qué habían hombres tan sucios que se acostaban con perras, burras, zorras y demás especies, habiendo tantas mujeres para eso. Diga usted, que esta mujer, que en boca de otras era un animal monstruoso, es parte de una historia más, de un lugar cualquiera; con personajes comunes a todos y a todas. Nace en medio de la recia pero apacible rutina del campo, de 12 hermanos, y de la abundancia de la que más adelante carecería. Con una madre de las que se hallan por ahí, en las esquinas, repartiendo panfletos que traen la palabra del Señor, nuestro patrón. Era obvio que al llegar la pubertad sufriera los ataques de histeria de la recalcitrante mujer, que le exigía obedeciera normas de conducta que el señor había dispuesto para la salvación de su alma, porque su cuerpo ya estaba doblemente condenado. Primero, por el pecado original, que por supuesto provocó Eva, la serpiente. Bueno da igual, para el señor son la misma cosa; un pedazo de costilla que se arrastra. Y segundo, porque Dios es hombre.

Lo cierto, es que las pobres, por seguirle la corriente al señor, se aburrieron de sí mismas y la madre decidió mandarla a un internado, al servicio del altísimo, y desde luego para niñas descarriadas del reino de los ideales. En esta humilde morada de la bondad las acostumbraron a comer poco y lavar los platos para conservar esbeltos esos cuerpos tan pecaminosos. Esto la aburrió, se amangualó con otras inconformes, se inventaron un fantasma y decidieron hacer incursiones terroristas en la cocina - di tú que te levantas y no encuentras un par de naranjas y una salchicha para el desayuno ¡qué terror! - Las víctimas de este ataque rastrero, las señoras de la cocina, investigaron y localizaron al grupo y las expulsaron de aquel territorio.

Con la maleta en la calle, halló acogida donde una tía que le dio un trabajito. Ya era grande, sabía lavar platos y cuidar jovencitas. Las primas no se la aguantaron porque era la misma representación del diablo, y sus novios no podían ni verla por que se sentían tentados. De nuevo a la calle, vuelve a su pueblo y consigue que la admitan en el colegio para terminar el bachillerato. Se enamora de un profesor, de ese amor queda un muchacho que la tiene que estar ayudando.

Por primera vez escuchó que la llamaban perra. Lavó ropas, enseñó a caminar a su hijo, vendió empanadas, sirvió tintos, enviudó a distancia y migró a Bogotá. Un patrón la ayudó, por supuesto dándole de nuevo un trabajito; ya sabía lavar platos, criar muchachitos y atender patrones. Allí la conocí. La mujer que digo, la hembra más hermosa de la que haya respirado aromas, acariciado sus crespos y escuchado sus razones. De aquel lugar salió de nuevo para su pueblo, tenía que buscar un ambiente más sano para su hijo. La seguí, así nadie entendiera, creo que amaba sus silencios. Con tantas complicaciones por delante y un niño que no dejaba de joder, no quería perderla. Entonces encontró un patrón grande y astuto, ya sabía lavar platos, criar muchachitos y educar, así, que la puso a hacer los tres oficios y muchos más; por la misma dieta austera de la casa de su primer señor, bajo el mismo techo viejo y las mismas monedas para los dulces que le daba su tía.

Crió a su hijo, se acostó con muchos hombres. No saben lo que me dolía pero mis pataletas no valían de nada. Entonces encontró a un proveedor. Esa es una perra, se metió con el surtidor de Excelentísima, decían las viejas del pueblo. Afortunadamente el hombre estaba tan comprometido con su oficio, -el de proveer-, que entendió su necesidad de independencia, no la puso a su servidumbre y la surtió de muchos cariños. Ahí acabó nuestra historia, yo tuve que volver a Bogotá. Sus reacciones me mostraban que ya no había espacio para mí en aquel cuerpo, aunque sí había espacio, puedo asegurarlo, en su corazón.

No sé en qué momento comenzaron los problemas entre las dos, si me amaba o sólo era una dueña más en su vida, estoy segura de que aprendí a ser hembra a su lado y que en el aburrimiento de una subsistencia tan llena de vicisitudes, la tenían harta de cualquier idea de sumisión; reprobaba a las mujeres que defendían a sus patrones, detestaba al señor y no quería intimar con ningún educador. Creo que yo le representaba eso, así que se buscó amantes que le dieran la libertad de no ser dueños de su amor, que la alejaran de esta patrona en la que me convertí. Aracne Aalto.

Sala de Ensayos

Jonás Vergara debate sobre la posibilidad de las publicaciones literarias por fuera de los canales hegemónicos. Hecho que justifica desde la publicación virtual de Flamme Buch –un libro de poemas- que distribuido a través de la Internet pasó a ser una experiencia de escritura compartida entre los millones de asiduos obligados que navegan a diario en la red. La discusión no deja de ser actual, más aún, cuando se debate con severidad la fragilidad de esa herramienta que hoy día llamamos libro.

Contextos / Poética
En “Cómo Leer”, Ezra Pound[1] burilaba una definición de la Literatura que, mirada con más detenimiento del que se le suele prodigar a las definiciones escolares es de provecho para este examen por la actualidad con que, en boca de Pound, eran prefiguradas algunas de las influencias cardinales del Arte de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.

La Literatura, para Pound en su ejercicio canónico, era la “expresión máxima de sentido”. Bien harían los que escriben y publican en cualquier formato, revisar esta afirmación en profundidad. El usual dogmatismo en el que incurre la soberbia señalaría que dicho apotegma bien podría ser ajustado a la experiencia poética, sin embargo, lo que Pound plantea como sentido es toda una carta de navegación en terra incognita para la experimentación del lenguaje, la trama, el espacio, el tiempo, los significados, las figuras, y todos los elementos que componen al Arte Literario como vigencia de la palabra de la Humanidad. Por provenir dicha afirmación de boca de Pound, deberíamos considerar que el contexto histórico en que fue emitida era el del momento de la asimilación de las vanguardias y la repetición de sus avances como formas asimiladas, manieristas, débiles, que traslucían un agotamiento general y una decidida y radicalmente conservadora defensa del status quo literario. La connotación de dicho apotegma contiene más veneno del que muchos podrían asimilar: para Pound, la Literatura que permanece como vigencia de la palabra de la humanidad, era aquella que, venciendo el pathos y las limitaciones de su tiempo, podía, a través de los recursos cognoscitivos del lenguaje, transmitir con todo el rigor la esencia de la palabra cantada, narrada, gestualizada y hablada, así como dichas palabras, o discursos, podían remitir al Lector toda una gama de percepciones que definían, o redefinían, una visión de mundo, por decirlo en términos bastante generales, y que hacen referencia directa a los contenidos connotativos y experienciales de la vivencia del hombre y la mujer en la tierra.

Llama la atención como el ruido imperante en lo referente a las nuevas tecnologías, es una muestra más del estatus quo, o de la conciencia burguesa, o de la ideología neoconservadora, etc., y de la defensa acérrima que éste hace de todo un modelo mental, de todo un poder hábilmente detentado, es la muestra más palpable de su agonía. Se ha vuelto un lugar común afirmar las bondades de la revolución tecnológica en la cotidianidad de los hombres y las mujeres en el presente siglo si el Lector revisa el estado del arte sobre las relaciones que el estamento Literario sostiene con las nuevas tecnologías, podrá apreciar, por ejemplo, esfuerzos denodados por transpolar todo un modelo mental en la constitución de los blogs literarios en la presencia ya omnipresente de los magazines de crítica literaria o en las estrategias publicitarias en línea para difundir a los autores de siempre. Aunque sus rostros cambien, publicando libros en soporte papel; también podrá encontrar autores que se lanzan a la web regalando libros en formato pdf, replicando el efecto döppelganger de aquel que publica un libro y sale, desesperadamente, a venderlo –en el peor de los casos- a los familiares, lo cual, sumado a todo lo anterior descrito hasta aquí, es una evidencia más de la larga agonía del estamento literario y de sus infructuosos esfuerzos por hacer de la Red tan sólo un canal de distribución de obras que, supone una gran mayoría, los lectores preferirían leer en soporte papel.

Todas las discusiones actuales en torno a si es o no el “blog”[2] un nuevo género literario; la promulgación, por enésima vez, de la muerte de la literatura[3] ante la avasalladora omnipresencia del YouTube, y otras discusiones más, parecen dar la sensación de una dinámica, de algo que angustia e intimida al estamento literario: ustedes pueden apreciarlo de cerca en las rutinas memoriosas de los poetas que predican versos como si de frases bíblicas se trataran, buscando apaciguar los ánimos de los fieles, que tienen tanta desazón por el mañana, por el planeta sumergido en el desbarrancadero apocalíptico del caos final –apocalíptico, adjetivo que, según parece, perdió vigencia en el cambio de luces del nuevo milenio-; en las dinámicas retrógradas de los talleres literarios y la forma impune como un autodenominado maestro entra a “intervenir” o a “curar” el texto del participante. Ninguna de estas discusiones, digo, nos deja, al menos, la leve sensación de ser ABSOLUTAMENTE MODERNOS, de alguna novedad en el aire; todas, rancias en su sustrato, se quedan viendo las ramas de la arboleda, y no la arboleda misma. Percibo que estas fuerzas que chocan entre sí, que discuten, que hacen tanto ruido, en últimas, son las que Pound condenaba abiertamente cuando hacía declaración tan chocante a principios de la década del cuarenta del siglo pasado. Discusiones e iniciativas paquidérmicas que aún consideran que la Literatura como tal debe mantenerse anclada en las estrategias de mercado propugnadas por las editoriales o soportadas en el formato papel, que, téngalo por seguro, deberá ceder el paso a la superficie táctil y digital de las pantallas que ahora son las pesadillas de la razón tremebunda de Philip Roth.

En esta crisis, prefiero recordar una verdad de a puño que ha otorgado la praxis en cuanto al refinamiento de los sentidos por parte de los Lectores: y es que la música, realmente, no se escucha con los oídos, se escucha con los pies; ése es el fundamento de los reproductores digitales que, de siete años para acá, han cambiado, y de manera radical, la percepción que tenemos de la música, y, por ende, a la industria de la música en sí. El ejemplo, que ha devenido paradigmático por la connotación que ha tenido éste, en la creación de unas bases de industria musicales en las que los Lectores –y con esta expresión ahora hago referencia a todos aquellos que utilizan la música como un elemento definitorio de su experiencia vital, tal y como nosotros, congregados en este auditorio, consideramos que la Lengua es la manera más óptima para expandir nuestros conocimientos así como nuestra percepción del mundo- es el In Rainbows, de Radiohead, un archivo de 10 canciones que fue regalado a los cibernautas que estuviesen dispuestos a pagar nada por obtener dicho archivo. Estas iniciativas, en las cuales el antiguo formato (aglutinados en el disco compacto, el LP, el casete) se deja de lado para dar paso a una descarga de un archivo de unas cuantas megas que puede ser reproducido en medio digital o en cuantos medios analógicos sean necesarios, o no ser reproducido más que en el artefacto digital de nuestra preferencia, hacen ver la lentitud con la que está reaccionando todo el estamento ante la ya caduca revolución tecnológica que ha cambiado la experiencia colectiva.

Se lee, entonces, no con los ojos, sino con el cuerpo, con las manos, con los pies. Estamos ante una fase en la cual un artefacto que nos ha acompañado durante más de 500 años está, como la oruga, transformándose en mariposa. La proclamación de la muerte del libro tal y como lo conocemos hasta hoy, es un embeleco y un sofisma de distracción que nos aleja de una discusión y una revolución cognitiva que precisamente parte del cambio en la experiencia de lectura tal y como la conocemos hasta el momento. Y es en ese punto, en donde la reacción del estamento literario no se ha hecho esperar, como dije hace unos instantes, haciéndonos prestar atención a las ramas y no a la arboleda propiamente vista. Es desde este punto de partida en que puedo abarcar el panorama de la Literatura como un espacio potencial, en plena transformación de sí, potenciando los sentidos con los que abarcamos nuestras experiencias, haciéndolos más cercanos a la percepción y con la posibilidad de intensificarlos o de menguarlos, de expandirlos o contraerlos, de limitarlos o abrirlos cuantas veces sea necesario, todo a partir del lenguaje, de las formas perceptivas que les otorguemos a las palabras, ya no sólo en nuestra mente cuando realizamos el proceso de decodificación, de interpretación, sino también en nuestro cuerpo, en nuestra piel, siendo la literatura corporalmente nuestra, como si de una piel se tratara, maximizando todas las gamas de la expresión lingüística.

Y es ahí en donde retomo la génesis de un libro que no es libro, en el sentido tradicional que he bosquejado hasta este momento, para afirmar ciertos valores de una poética imbricada en una experiencia de escritura. FlammeBuch es una experiencia de escritura compartida y colaborativa entre dos corresponsales quienes, vía correo electrónico, se escribían para mantener un contacto que se vislumbraba frágil dadas las distancias que separaban y postergaban un encuentro que nunca se produciría. A partir de chats, scraps en redes sociales, conversaciones telefónicas entrecortadas por las pésimas condiciones que aún hoy en día mantiene la telefonía, fue configurándose el material del Buch en pedazos de papel anotados al instante de la comunicación, de remembrar ecos de voces tangibles por un solo momento, y de todos los demás textos que he ido enunciando, en las idas y vueltas de correos electrónicos o en publicaciones anónimas a lo largo de la Red, la forma que fue compartida a través de los feeds fue compuesta por quien está ante ustedes ahora y un interlocutor remoto que suprimía, añadía o ampliaba en el sentido o en la plástica del fraseo los 23 poemas que, en un tono abigarrado y con la asimilación del portugués, fueron el centro de la experiencia y el punto de partida del PROTOTIPO I, que es una experiencia de tipo hipermedial, soportada en la animación flash, de los poemas restantes del FlammeBuch.

Al decir todo esto se me ocurre entonces que estoy procediendo a la creación de algo plástico, descorporeizado tal y como, hasta ahora, concebimos lo que es un libro de poesía tradicional, es decir, lineal, en soporte papel, y muy alejado de los términos de experiencia y percepción que he resaltado hasta aquí. Sí, descorporeizado de la forma tradicional, pero con una corporeidad que, partiendo de las palabras, alcanza el lenguaje en los aspectos plenos de la percepción, tal y como lo postulé con respecto a las nuevas experiencias de la lectura y a la mutación del libro.

Todo esto es un plan que he configurado a la sombra de la experiencia, del re-planteamiento entre las relaciones del Autor con el Lector así como las relaciones que el Autor sostiene, para validar su discurso como una medida de su reconocimiento como escritor, ante el estamento literario, y también ante el avance de la Tecnología, que, momento a momento, tiende a consolidarse como una Tecnología del Lenguaje en la que nos involucraremos de manera gradual a lo largo de este siglo. Es una suerte de liberación poética que no sólo se debe, en términos de lo teórico, a la asimilación del concretismo brasileño, de la poesía china del período T’ang, de la poesía beatnick de la década de los 50, de los experimentos de FLUXUS y de Cage en sus Mesósticos, de la poesía experimental global durante las décadas de 1960 y 1980, Calvino con sus propuestas, o Pound con su delirio, o la permanente presencia de Baudelaire que hace que cualquier cosa que hago o que escribo siempre parezca una sombra de aquello que hizo y escribió hace casi dos siglos, sino también por restituirle a la poesía algo, ya no de la verbalización recurrente y del asentamiento grave de las palabras sino de una movilidad, una fragilidad, una vulnerabilidad marcada por sus opuestos, en las cuales la poesía vuelva a ser la imagen del mundo, del alma y de la transmisión de ciertos valores que, siguiendo a Calvino, sólo la Literatura, con sus propios medios, éstos sí, mutables y dinámicos, puede hacer.Jonáस वेरगारा

Cine Rotativo

Nuevos aires soplan en este país de realidades desbordantes, el cine se muestra como un producto nacional del nuevo siglo, esta vez a cargo del realizador caleño Carlos Moreno que muerde el mundo del séptimo arte universal con Perro Come Perro, un thriller de factura criolla presentado a ustedes en una reseña crítica de Camilo Morón Castro.

Perro que ladra, si muerde.
“Hacer cine en conjunto es inventar un juego, una fantasía, una escenografía que no existe, con reglas propias, un juego que se aplaza cada día de rodaje hasta el día siguiente, e ineludiblemente todos deben entrar en ese juego, sino se derrumba la película. Pero en medio del juego también hicimos la película con mucho miedo, las películas hay que hacerlas así”. Carlos Moreno

En un país como el nuestro donde la realidad supera los límites de la fantasía no parece recurrente volver a forjar metáforas sólidas sobre el asunto de la violencia; con su opera prima Carlos Moreno consigue el propósito de expresar este flagelo en una mezcla de ironía y crudeza con el resultado de una entretenida película. Un guión con suficiente sustento no deja caer en la insana parsimonia al espectador, que envuelto en una extraña bruma queda preso de la trama. Todo comienza con una decisión que cambia la vida de los protagonistas, nada va a ser igual para Víctor Peñaranda (Marlon Moreno) cuando decide falsear a sus jefes y se tumba el billete de una vuelta. Tampoco para Eusebio Benítez (Oscar Borda) que asesina al ahijado de un mafioso sin saber que tendrá que cargar el incomodo peso de un cadáver en su memoria. Por último el fallecido Blas Jaramillo, interpreta al orejón, un mafioso devoto de la brujería que parece tener en sus manos el destino de una historia que transcurre en una sola bocanada de aire de principio a fin; cuando entramos y salimos de ese hotel donde comparten sus penas los protagonistas –Víctor y Eusebio- a la espera de una llamada telefónica que de paso a las ordenes de un jefe al que han traicionado, el orejón.

Cali pasa a ser un escenario que entra en la atmósfera universal del thriller al replicar los extremos de la condición humana, en una historia trepidante, con ritmo propio donde los protagonistas son antihéroes que buscan salidas a sus vidas retando la muerte. El guión es una adaptación de “Los Malditos”, un texto de Alonso Torres, escritor caleño que además de participar en la adaptación de esta historia, oficia en las noches de la sultana del Valle como disc Jockey en una discoteca. La idea de rodar un filme en Cali rondaba en la cabeza de Carlos Moreno desde sus tiempos de estudio en la Universidad del Valle y toma fuerza cuando descubre esta historia “Nunca supe si era una novela corta ó un cuento largo, pero percibí que tenía clave de thriller, ambientado en una Cali sofocante con personajes grasientos.” Sin pensarlo dos veces empieza las gestiones para adaptar la historia al cine, esta iniciativa da sus frutos; la participación en el Festival de Sundance y el reconocimiento a Marlon Moreno, como Mejor Actor en el Festival de Cine de Guadalajara. El director cuenta que el trabajo actoral comenzó cuatro semanas antes del rodaje con el fin de generar la tensión suficiente que permitiera el desarrollo del clima psicológico que caracteriza a este thriller criollo, también cuenta que; para una de las escenas finales le tocó aislar a Blas Jaramillo y Marlon Moren, para mantener la tensión requerida en la rabiosa confrontación de estos personajes.

Otro de los puntos a favor del desarrollo del guión, es la recreación de un hotel de tierra caliente donde uno confunde en los pasillos los estados de ánimo de los actores con las ambientaciones del cineasta francés Luc Besson en León, El Profesional (El Perfecto Asesino) protagonizada por Jean Reno, Natalie Portman. El relato de Moreno sigue de cierta forma a algún arquetipo propuesto por el cineasta francés, según él, fiel a la descreencia de Borges en la existencia de múltiples relatos para explicar el mundo, por lo que cree en la variación de muchos relatos afines que alimentan su película. La atmósfera de la historia se abre al terror psicológico, un enemigo silencioso persigue a cada protagonista, el miedo asecha y las prevenciones no faltan; Eusebio Benítez escuda su humanidad en las gracias de la santería mientras es objeto de un maleficio, proferido por una bruja al servicio del “orejón”; el oscuro personaje es interpretado por Paulina Rivas, una actriz natural dotada con un matiz innato de misticismo que le da potencia al papel de su personaje dentro de la historia. Víctor Peñaranda se enfrenta a sí mismo, debe superar los escollos que le pongan en frente para demostrarse capaz de salir adelante, luego de robarse el billete de su jefe. El “orejón” está cansado de perder el poder y ver su reputación por el suelo, por eso se empecina en demostrarse a sí mismo que es capaz de superar los límites de su poder. Cual perros callejeros, caminan prevenidos, saben que por cualquier céntimo pueden morir, aunque se escuden en sus cuitas y carguen en su espalda el peso de la ansiedad.

La intención del director al tratar el espinoso tema de la violencia desde el humor negro, permite al espectador confrontar con una sonrisa nerviosa, la moral mafiosa que impera al país, -muy de moda en estos días con los embates de la para-política-. En la historia no hay una intensión de pontificar unos valores sobre otros, solo se recrea en tono irónico la sobre-valoración –lo bueno, lo malo- que le da una sociedad indiferente a temas tan comunes como el dinero fácil, la traición y la lealtad, Moreno lo define de la siguiente manera; “El público colombiano hoy tiene un nuevo cine que es como tener un espejo enorme, después de haber tenido uno que a duras penas le permitía verse el rostro. Algunas verdades duelen, como verse los ‘nuevos’ pero ineludibles defectos. Estoy casi seguro que la suma de la totalidad de las películas colombianas no da un resultado de violencia o temas sociales, como se comenta peregrinamente. Es un complejo que sufrimos, una tendencia y una política, por cierto muy de moda, a ocultarnos y no escuchar lo que ocurre a sólo unos centímetros de nuestra cercada vida. Perro Come Perro no se circunscribe a un género violento, sino a un género que no es cómodo, pero sin duda irónico y entretenido”.

A riesgo propio Moreno asume un reto, mostrar las caras del espejo, hay una cara feliz que nos deja ante la posibilidad de ironizar los problemas que nos aquejan, sin que esto sea un motivo para desviar la atención por su solución. Sin embargo, la película se vuelve agresiva, muerde nuestros ciegos prejuicios, alimentados por los medios de comunicación. Estamos frente a la macabra realidad y quedan sobre el tintero imágenes que desgraciadamente se han vuelto parte de nuestra cultura; un ejemplo latente está en el uso intimidatorio de las motosierras paramilitares que le da un carácter siniestro al escenario. Para el espectador extranjero es solo una escena en negro, herencia de algún novelon del terror gringo. Para nosotros es la cara oscura del espejo, esa que no miramos de frente en las mañanas y que no vamos a ver en RCN ni en Caracol. La realidad supera a la ficción y nos devuelve al horror de una pesadilla insolvente, real, sin memoria, en una de las escenas de una película que no por casualidad es colombiana.

Luego de ir y volver sobre la cinta, no me canso de verla y sin darme cuenta, caigo en la trama, en la extrañeza de su ambiente narrativo. Gracias a esta película volvemos sobre la Caliwood de los setentas donde Andrés Caicedo y Carlos Mayolo –referencia obligada- corrían como locos robándoles sus historias a la realidad. Mientras hoy, nosotros volvemos en esta historia donde hay que sortear con decisiones que cambian la vida, antihéroes sin prejuicios morales, perros que comen perros, sangre, traiciones, balas que van y vienen, pesadillas reflejas, diarios amarillistas y un sorprendente final. Quedamos sin aliento y a la espera que otra película colombiana le de un mordisco al mundo.
Camilo Morón Castro

Reseñअडोस

Inauguramos esta sección como el vestigio del fenómeno editorial alternativo que subyace en medio del afán comercial de las grandes editoriales। Esperamos recomendaciones en vez de legarlas, abrir caminos en vez de truncarlos, dar opciones sin pensar en las proporciones, todo esto en aras del goce de nuestros lectores।


A media cuadra.
Uno de los proyectos ganadores
de la convocatoria
Un Libro Abierto 2007-2008.
A media cuadra Editores, 138 páginas, ISBN: 978-958-44-3184-4.
Colombia, 2008.

En Bogotá se narran historias, se escriben textos y se relatan hechos que en muchas ocasiones ocurren a pocos pasos de nuestra casa, localidad o barrio. Sí, a veces suceden a media cuadra de nuestro punto de vista, no obstante no alcanzamos a verlas. El reto de un periódico local es fijar la mirada de sus lectores sobre esa realidad vecina y desconocida de la calle o las esquinas. A media cuadra como proyecto editorial que es se ha impuesto la tarea de contarnos esa realidad Prueba de ello es la publicación del libro a media cuadra, fruto del proceso colectivo de tres años de un periódico local del mismo nombre; este trabajo refleja la forma en que los jóvenes se perciben como parte de una ciudad que no puede ser abarcada de un tajo o de una sola mirada. Este proyecto de recuperación histórica nos permite conocer a Techotiva -Timiza-, nombre originario, telúrico, de una zona refundada por letras de todas las hormas y patrones, que develan la historia de uno de los lugares más diversos de esta grande Babilón; entre crónicas de barrio, cuentos, poesías y reseñas se ponen de manifiesto escenarios que se ocultan o se ignoran en la capital.

Lo cotidiano es el testimonio que reivindica los lazos entre la historia y lo subjetivo, “la historia de la capital de las oportunidades, la historia formada por bogotanos y colombianos de otros lados” clama por el reconocimiento de los hechos sociales que han llevado a los sujetos a la desolación, a la desesperanza o la lucha por una sociedad equitativa. Como es el caso de Quintín Lame, indígena del cauca quien a principios del siglo XX emprende una lucha por salvaguardad las tierras de los suyos, enfrentando las injusticias cometidas por los latifundistas para poder recuperar terrenos que significan los orígenes y la tradición de la cultura indígena Nasa. Precisiones como estas permiten comprender la condición actual del bogotano, del colombiano.

A media cuadra es una exhortación al despertar de la razón, del criterio, de la sensibilidad, a retomar lo que nos caracteriza, la particularidad que se escapa
de las grandes dinámicas sociales, esos detalles que nos definen y se hacen perceptibles en la soledad, en el silencio, al terminar el día o al retomarlo con un fuerte suspiro. Dar paso a otras formas que trastocan nociones generales de convivencia y bienestar; “todos somos gente, no hay razas, ni credos, solo gente; presta atención a la enseñanza de la demás gente, gente planta, gente piedra, gente animal, gente, gente viento, gente montaña, gente agua (...) no hay naciones, sólo un circulo, el mundo habla por la palabra de cualquiera, la tradición es cuidar la vida” la tradición es reconocer las diferencias, oírlas, leerlas y complementar nuestra sesgada existencia. A media cuadra espacio para incentivar la expresión, la denuncia, la escritura de todo cuanto habita en nuestra mente, de lo que nos inquieta y puede ser el comienzo de la transformación del entorno, de la vida o simplemente de uno de esos días en los que muchos nos sentimos desolados por la inconsciencia de quienes nos rodean. Gina Paola Barón González

Stolpersteine, Palabras En El No Lugar.
“Bebe el nombre vacío.
Trágalo sencillamente de una.
Sabe a vómito, mi nombre.” Sveta Aluna
Stolpersteine (Poemas-Traspies), Sveta Aluna, El Astillero Editorial, 88 páginas, ISBN: 978-958-44-2977-3. Colombia, 2008.

Leo Poemas traspiés, escritos con entreveradas palabras ticunas que no pertenecen, ni siquiera, al no lugar de los diccionarios, no están registradas en idioma universal, salvo en el idioma universal de la memoria. Y acaso la poesía en nuestro tiempo acuse, como esas palabras de las culturas de origen, ese no lugar también para el hombre. Acaso nos demos en nuestro tiempo a hilvanar un lenguaje recobrado de los despojos “restos de restos”, frases descoyuntadas, palabras zurcidas con hilos que se quiebran.

Las palabras que todavía tienen sentido escapan a la función metálica y numeraria de principios de siglo, siempre la poesía en su pulsión de ser y su rebelión de no ser degradada en su tarea de iluminar las partes oscuras, y aún desde su misma oscuridad quiere reflejar una luz que ciega. Decapitaciones, suturas, amputaciones que dejan ver el trabajo de la muerte en el lenguaje, “inscripciones de plomo y de sangre” en el cuerpo de los innombrables, de quienes todavía no tienen nombre, pero que se hacen visibles a través de ese tartamudeo descoyuntado que representa una palabra indígena, de aparición fantasmal, entre dos idiomas que posicionados a través de las armas posan de idiomas universales, ¿y qué hace entre el español y el alemán un lamento ticuna, qué hace que no sea herirnos con su brutal apariencia? Impávida en su malformación espectral inexplicable todavía por el discurso evangélico y colonialista de la diversidad.

Los idiomas dichos con sordina, ocultados por la altisonancia del idioma que hemos llamado materno para ponernos a salvo de la duda y el sentido diverso que encarna una palabra desprendida brutalmente de su entorno vital. Es sobre ese no lugar de una cultura encubierta que el poeta trata de construir un sentido. El sentido de la literatura no está dado de antemano, nos dirá Sélnich, es el poeta el que le da sentido. Y si tratamos de buscar ese sentido en Stolpersteine, lo que encontramos, al lado del osario de palabras es el vació, el no lugar en donde hacen sus apariciones las palabras de las culturas cercenadas, voces en un proceso agónico.

Qué se puede decir, qué tiene que hacer aquí el gramático que no sea esgrimir un escalpelo sobre el cuerpo yacente de las culturas originales, acaso el último recurso de una nueva conquista sea el de inventar un nuevo evangelio, la arenga sagrada con la que incursiona de nuevo la espada salvadora en territorio ajeno. Esa función del discurso de la diversidad, puesto de manera mortífera en la boca del intelectual colonizado, oficia de nuevo encomendero, colaboracionista y protector, en las fundaciones de la cooperación internacional, que en nada se diferencian de las viejas fundaciones que conformaron lo que el argentino José Luís Romero en Latinoamérica: Las Ciudades Y Las Ideas llamara ciudad fuerte, con una avanzada militar y una arenga sagrada: ciudades y culturas lanzadas como ofrenda de carne al perro de la guerra. Fundaciones que hacen cerco alrededor del cuerpo de las comunidades condenadas a morir y en la que aplican emplastos, cataplasmas, derechos humanos diez mil veces promulgados, y esa misma cantidad de veces negados por los mismos que pretenden defenderlos. Esa lengua ladina, mordiente, es la que condena a muerte con palabras de salvación, el nuevo evangelio para el suplicio de los pueblos en los nuevos territorios de conquista. La amazonia degradada, perdida en el testimonio de Sveta Aluna quien nos habla desde su muerte.

Y acaso no ocurre aquí nada más que las palabras. Lejos del esteticismo o del efecto del lenguaje, subyace siempre una historia, el pulso de la vida, un río de sangre fluye entre palabras, como entre las piedras de ese otro río que es la poesía. Ese otro río que en su caudal arrastra los cuerpos, fragmentos y restos de la tragedia. El no lugar de la palabra que más bien parece una sepultura cavada en el vacío o en viento. La palabra ticuna es palabra que se lleva el viento, huida de no tener amarres, de no tener nudos ni raíces en lugar alguno, puesto que los hombres que la pronunciaban, a esta hora están siendo arrojados al submundo, junto a la misma tierra que habitan. Y es el poeta quien busca darle un lugar y un sentido a la presencia de ese vacío, y convertirlo en palabra dadora de sentido.

Aquí, en Stolpersteine, en estos poemas traspiés se está señalando una ausencia, se indica un vació, el lugar desalojado por las palabras, por el hombre y por la vida misma que ha dejado de ser bajo el estruendo luctuoso de la guerra, y la obstinada muerte que en el mercado lleva el plural, diverso y flamante nombre de nuevos productos amazónicos. Ese otro nombre que no es otro que el mismísimo nombre de la muerte que la acre carnosidad de las frutas no logra ocultar, porque Sveta Aluna, la hija mestiza de Europa y América, la artista muerta desde antes de nacer, en palabras agónicas, le dicta a Sélnich estas palabras oscuras, descoyuntadas, terribles palabras salidas de las fosas. Álvaro Marín

El Señor Standard, La Señorita Oil Y Bengolea.

Galerna Editorial, 156 páginas, ISBN: 978-950-556-516-0, Argentina, 2008.

Hay capítulos que todavía no se han escrito en la tarea que Jorge Sallenave se ha impuesto como escritor, y periódicamente los deposita sobre la mesa en forma de libro, cuando nadie se da cuenta, cuando nadie lo espera ni lo sospecha.

No podríamos afirmar que nos sorprende con un nuevo libro, nuevamente una novela, ya que sus lectores, de alguna manera y pese a lo antedicho, tienen la certeza que Sallenave publicará, porque, como él mismo lo ha reconocido, no puede dejar de escribir, angustia que comparte con innumerables hacedores de la palabra en todo el mundo.

La novela, género al que volcó su narrativa desde varios títulos atrás, ha hecho crecer su haber bibliográfico con “El Señor Standard, La Señorita Oil Y Bengolea”, que Editorial Galerna puso pie de imprenta el mes de enero de 2008 en Buenos Aires, sumando, a su vez, el octavo título del escritor puntano en su colección.

La contratapa de esta pulquérrima edición, que consta de 1.000 ejemplares, anticipa el argumento con apreciaciones que no se ajustan del todo a la labor ficcional del autor, pero que sirve para elegir el sillón desde el cual el lector habrá de permanecer hasta dar término a la lectura, expectativa que Sallenave se encarga de hacer realidad, ya que desde el comienzo logra la interacción y el necesario “enganche” para que ello ocurra.

Cuando mencionamos que se trata de una novela, en este caso sin haber visto el tamaño del libro, nos viene a la mente que tendremos lectura para rato. No es éste el caso, ya que el camino elegido por el autor se enmarca en el estilo conceptual, propio de nuestra época, donde lo descriptivo y los introitos a que nos tenían acostumbrados los autores de antaño, se han obviado con efectiva ganancia para el acotado tiempo que la modernidad nos otorga en cuestiones de alimento del espíritu.

Hacer un análisis pormenorizado y crítico literario, escapa a la intención de estas líneas, que solamente tienen como objetivo dar noticia de la aparición de una nueva obra de la cultura literaria del mundo hispanohablante, con la congratulación de que el responsable es un coterráneo nuestro que, pese a ser nuestro vecino, tiene también los ornamentos que se necesitan para en el entrar en el Parnaso de nuestro idioma.

En este dar razón de la obra que hemos leído, destacamos en principio lo fácil de su lectura, que recordando lo difícil que es escribir fácil, obtiene, con esto, la primera presea en el camino de la olimpíada intelectual en que se ha inscripto.

También Sallenave ha recurrido a una valiosa herramienta para solucionar el problema de la translación, evitando el fogoneo y la quemadura de pastos a que los argumentos conocidos nos tenían acostumbrados cuando tocaban el tema de los visitantes ajenos a nuestro planeta, que es el mentalismo, y en esto podemos apreciar la sólida formación del autor en los principios que los sabios, partiendo del antiguo Egipto, han enseñado a través de los tiempos y que la mente humana ha estado poco receptiva. Pareciera que Sallenave se asimila en esto al costumbrismo del gran país del norte, tan afecto a crear superpoderes para aplicarlos a sus personajes de ficción, pero no es así.Con maestría, propia de su oficio, Jorge Sallenave desenvuelve la trama y lleva la acción hasta las últimas páginas, donde, con legítima solvencia, utiliza una conocida herramienta como es el lapso de inconsciencia, para resolver la propuesta inicial, llegando a la medalla dorada con un final abierto, dentro de un estilo propio que ha manejado con exquisito buen gusto literario. Jerónimo Castillo

Museo de Ritmos
Tábogo sucumbe ante el ritmo, de algún lado sale una pantera que baila Mambo। Los acordes van, vienen, se oyen con fuerza en Teusaquillo, uno de los barrios de la tradición cachaca। Hasta allá nos desplazamos para hablar con dos integrantes de La 33 -Santiago Mejía y Pablo Martínez-, orquesta salsera, que a pesar de estar afincada en Bogotá resguarda la tradición musical de New York y las antillas en los años setentas y lo funde en la actualidad bajo un solo ritmo, la Salsa.



La P:¿Como fueron los inicios del grupo,pues hay gente que está enfocada hacia el Rock, el Jazz, el Son y la música de las años setentas?
La 33:es un grupo de jóvenes –medianamente- entre los 20 y hay uno que tiene como 40 años. En su mayoría con formación rockera y empezaron a experimentar sobre un género que les interesaba mucho y que ya no podían ver en vivo, la Salsa de los setentas. Entonces nos centramos básicamente en el estudio de la salsa de estos años, mientras lo hacíamos revisamos las influencias de cada uno que son el Pop, el Rock, el Jazz e incluso la salsa de los setentas y empezamos a tomar cosas de cada uno de estos géneros rescatando el sonido de la Salsa que nos gusta.
¿En qué momento este proceso empieza a ser colectivo?

Empieza cuando Sergio Mejía, Santiago Mejía y Guillermo Celis se reúnen para convocar un grupo de jóvenes que tengan las mismas inquietudes y empezamos a trabajar sobre Salsa de los setentas para composiciones nuestras con esta estructura.

Viendo este proceso y estos tiempos globalizantes donde los músicos hacen la música para sacarla al exterior, ustedes comienzan en bares parten de cero explorando con lo querían hacer. Uno se pregunta ¿A qué tipo de gente esta guiada esta música? Nuestra búsqueda era muy sencilla, era rescatar ese sonido pero no sabíamos en lo que nos estábamos metiendo; no pensamos que íbamos a viajar a Europa y venderíamos muchos discos. Simplemente queríamos dejar un registro de lo que estábamos haciendo y que el trabajo no se perdiera, eso fue en el 2003, tocábamos en bares y la orquesta cobraba tres cientos mil pesos por presentación. Queríamos como músicos poder vivir de lo que estábamos haciendo, no teníamos otra pretensión. Yo creo que uno de los ingredientes principales era el deseo de unos jóvenes universitarios que experimentaban por esa época con música olvidada, esto era algo diferente, y que tenían pretensiones de formar una banda y vivir de eso, como lo hacen muchos grupos musicales de la ciudad.

¿Ustedes se consideran dentro de alguna corriente musical en Bogotá, hay algo que los relacione con otros grupos de la ciudad?
Tal vez si. Nosotros venimos de universidades y conservatorios, pero también hemos tocado en la calle. Al igual que grupos como Mojarra Eléctrica y Tumba Catre, grupos que no son de Salsa que proponen el rescate de sonidos olvidados. Las temáticas que se tratan en la música de La 33 tienen un énfasis a la rumba y a la Salsa de los setentas, esa música de barrio, vivencial, de mostrar las cosas que sucedían en la calle. ¿Cómo llevan esto al contexto bogotano? Esto es muy caribe… Es que soy parte de la gente de muchas partes del país que llegan a la ciudad, soy costeño. Tú te integraste a la ciudad. Lo Gracioso de esto es que el noventa y cinco por ciento de la banda son rolos, pero como tú dices a la capital no llega solo gente, llegan los ritmos de otras partes, no solo de Colombia sino del mundo. Esta es una ciudad, donde las cosas le entran a uno por osmosis, vas en un bus y escuchas una cosa, entras a un supermercado y oyes otra cosa…
- No es nada raro en un país con dos océanos, tenemos mucho de cultura afro, somos calientes también, somos latinos. Lo extraño es que seamos rolos, un costeño coge un tambor y te lo destroza por naturaleza, los rolos tenemos otra cultura.A pesar de esto no hay nada andino en la música de La 33. Pues, los aspectos físicos de nosotros… (risas)

Mucha gente llega a ustedes como producto de masas gracias a la piratería ¿Qué opinión tienen de eso?
Yo digo que la piratería funciona, pues le da acceso a gente que no tiene los veinte o veinte y cinco mil pesos que vale el disco. Pero en este caso el medio de mayor difusión de nuestra música han sido los bares, si suena en Tropicana no es porque hemos pagado sino porque la gente de los bares escuchó La Pantera Mambo de La 33 en la Bodeguita de la Salsa y empezó a pedirlo en las emisoras. Averiguan por uno y empieza a sonar en las emisoras el grupo.

¿La difusión en la Internet le abrió muchas puertas al grupo en el exterior?
La Internet es el mundo, el contacto con el mundo y el hecho no es tener una página si nadie la visita. Hay que moverse, generar publicidad, pues no es solo botar la bola y ya. Llega un punto en que la bola se convierte en una bola de nieve pero toca subirla hasta la punta de la montaña y dejarla bajar viéndola crecer progresivamente.

¿Por qué no contar con infraestructura de un sello disquero reconocido?
Así nos ha ido bien y no queremos meternos con una disquera.

¿Hay un compromiso ético de por medio?
No… Inclusive cuando sacamos el primer disco, despertamos el interés de algunas disqueras, que nos decían que muy bonito, muy chévere, pero lo que funciona ahora es el Tropi-pop ¿No tiene por ahí uno? Bueno gracias y suerte. Pero en estos momentos nos llaman todavía ¿les interesa…? Y no entienden que no vamos por esa línea. Te empiezan a dirigir tu producto, si severa infraestructura la que tienen, pero no puedes dejar de ser por ponerte en esas. No tenemos afán. La vuelta es querer vivir bien y tener calma y no dárselas de estrellita, firmar un contrato que te manda para el cosmos o te entierra en el centro.

¿Cuántos son en el grupo?
Somos doce músicos, pero hay un montón de gente que trabaja en otros equipos. Hay un equipo que se dedica a grabar en los conciertos, otro encargado al sonido en conciertos, otros encargados de la venta de los discos. Dejando atrás el tema de las grandes disqueras. En la actualidad podemos hacer una analogía con los setentas donde surgía el pop y mucha gente se atreve a abrirse a experiencias propias experimentando con el Boogalo y la Salsa. Ustedes siguen haciendo fusiones libres, se abren a nuevas experiencias ¿como reflejan esto en lo que son como grupo? Hay que hacer música sincera, sin pretensiones de querer hacer el sofrito sino expresar tendiendo en cuenta los patrones de la Salsa clásica y viendo su compatibilidad con otros ritmos. Que es un poco lo que pasa con el Boogalo una mezcla entre Rock, Jazz y Salsa. Siento que en Colombia se está dando una cosa muy fuerte que genera un caldo de cultivo muy parecido al de los setentas.

¿A que nos referimos con ese caldo, la ciudad está caliente? ¿Hay mucho movimiento?
Hay mucha gente estudiando, gente con otros lenguajes que se encuentran
y combinan eso, salen cosas que hay que madurar, cocinarlo un tiempo y nosotros vamos en ese proceso.
¿En que momento dicen esto ya arrancó, dejamos de ser un grupo de barrio, tenemos que dedicarnos a esto tiempo completo? Como cualquier cosa en la vida, si no te dedicas no da frutos, desde el primer momento yo dije esto es lo mío. Sino la banda no existe, pues necesita
un motor que los motive; un músico
por veinte mil pesos no va a tocar si no cree en lo que está haciendo. Cuando alguien cree en un proyecto ve que se mueve, que hay gente jalándolo para que crezca. No fue que montamos un grupo de barrio y nos sonó la flauta, nosotros comenzamos estudiando.

¿Cuándo arranca el proceso como tal?
Cuando sale el primer disco, se dispara el asunto, pues como difundes tu música sin un disco, puedes estar tocando pero sino suenas no pasa nada. Un disco significa que estas sonando, si suenas en una emisora, puedes estar sonando en cuarenta buses, treinta tiendas y hay gente escuchándote. Pero si no tienes un disco, te toca empezar la difusión en los bares. Imagina un bar que tiene capacidad para cien personas tocas ahí y el proceso es más lento. En Bogotá lo que más funciona es el voz a voz la gente te escucha y dice ese grupo es buenísimo, aquí ha sido súper fuerte el apoyo al grupo.

¿Cómo ha sido la aceptación del grupo en Europa?
El sonido que tocamos es muy exótico, estaba algo perdido y en Europa se tiene otra concepción del asunto piensan que la Salsa es Jerry Rivera, Marc Anthony, y cuando escuchan el grupo a muchos les recuerda los setentas se dan cuenta que hay otras forma de hacer salsa. En el escenario mucha gente se quedó como paralizada y luego aplauden como locos, si ustedes nos han visto en vivo se dan cuenta que la puesta en escena del grupo es muy rockera.
Es curioso porque los teóricos de la música han proclamado el fin de la Salsa con el auge de ritmos como el Reggaeton, pero la Salsa está en auge en Europa y como tú lo decías la gente confunde cosas. Ustedes que han tocado en muchos países de Latinoamérica ¿Cómo ven este contraste, pues la expresión de la gente es distinta? Estuvimos en Venezuela y la gente allá es muy exigente, estuvimos en el Festival Internacional de Salsa. El contacto con Cuba ha enriquecido la música. Hay una anécdota, tocamos en un pueblo hermoso a la orilla del mar y antes de nosotros tocaron tres orquestas de mucho nivel, pero las tres tocaron Tu Amor Me Hace Bien de Marc Anthony y eso dice mucho del contexto. Pienso que en Bogotá hay un proceso de cambio, resurge el underground y ahí vamos nosotros.

Bueno ¿cómo ven todo lo que está pasando entre Colombia y Venezuela?
¿Qué opinan sobre ello? ¿O creen que definitivamente la música no debe opinar sobre esos asuntos?
Yo creo que no, porque uno tiene derecho a pensar lo que quiera. Los medios
te maquillan las cosas, es mejor no opinar porque uno no está seguro de lo que realmente pasa. Hay una frase muy bonita de Ismael Rivera que dice; mi música no queda ni a la derecha ni a la izquierda. A nosotros no nos gusta que nos metan en un lado político, no apoyamos ningún tipo de campaña política. Tocamos por el acuerdo humanitario pero porque era un evento, tocaba estar allí, obviamente todo el mundo quería estar ahí porque están pasando muchas cosas que son súper injustas, pero lo que le digo uno no sabe cuál es el trasfondo de esas cosas, entonces es mejor quedarse callado y no opinar. ¿Por qué la gente está secuestrada? ¿Por qué no los sueltan? Vaya usted a saber todos los torcidos que hay detrás de un lado y del otro, entonces si no sabes es mejor quedarse callado. Fin...

Arte no Deco

Bogotá es la tierra donde nace y descansa la obra de Luís Caballero (1943-1996), uno de los artistas más representativos del siglo pasado. En la presente edición traemos a ustedes un texto de Martín Tole sobre la obra de este autor, como complemento editamos parte de una conversación del pintor bogotano con la crítica de arte colombo-argentina Marta Traba con motivo de la exposición realizada por Caballero en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1973.

Luís caballero,
un cuerpo despojado.

"todo lo que siempre he pintado: el hombre solo, vivo, muerto, sufriendo, amando, y a la vez bello y terrible, y en su relación con otros hombres, de deseo, o de compasión; y también mis sentimientos: adoración ante la belleza y la fuerza, y ante la fuerza caída."
Luís Caballero

Paseando por la Colección de Arte del Banco de la República, Calle 11 No. 4-41 en el centro de Bogotá, puede hallar al final de la exposición, una sala con delirantes cuerpos que salen del plano de la pared donde han sido colgados y estremecen con sus titánicas dimensiones, sensuales líneas y violentos movimientos. Es este recinto el contenedor de una muestra de la obra del pintor y dibujante neofigurativo mas disiente y consecuente, con la desazón inherente del individuo moderno, que han visto nacer estas tierras donde la angustia germina ya. Esta es la sala Luís Caballero.

En una serie de trípticos compuestos en tres periodos distintos de la vida del autor, se palpa la vultuosidad del manejo de la representación corpórea masculina; las dimensiones son mayores a las reales, se insertan en la musculatura dilatada de torsos anónimos, en las tensiones que contiene un cuerpo despojado, dándonos cuenta del rutilante forcejeo a los que fueron sometidos por las acusantes situaciones del siglo XX. El observador, después de debelar desprevenidamente la indudable obsesión de Caballero por la masculinidad, palpa sin parpadear, la violencia tasita o explicita que contienen sus cuadros; más allá de las imágenes –escabrosas o perturbadoras como algunos detractores ven-, hay una imperiosa necesidad de trasmitir la apabullante violencia que sobre estos seres anónimos o con apellidos ha causado la sociedad. Y es mas allá de los verdes, rojos, sepias, negros y sulfurantes ocres de su última etapa, la representación misma nos muestra una fehaciente crítica a los dogmas y eclecticismos postmodernos que revisten a este individuo alienado; lo desprovee de ropas, de cosmética, de identidad, nunca como un producto de esta sociedad de consumo. Luís Caballero lo mostró tal cual, sin la vergüenza de Adán expulsado del paraíso de los ideales, desnudo y en la titánica lucha de mantenerse vivo; la desnudez indudablemente tiene una connotación erótica, plasmando en composiciones de cuerpos solitarios o en conjuntos, un trasfondo sexual, al mismo tiempo que heroico y mítico.

A través de la marcada influencia de Francis Bacon en su inicios compositivos: cuerpos amorfos, colores planos, y de la teatral figuración del renacimiento, especialmente Miguel Ángel, en el desarrollo del resto de su obra, le pondera energía y vitalidad con un aspecto sórdido, teatral; a una emotividad ignorada por la representación pictórica pero siempre presente en la sociedad y en la historia del arte, la homosexualidad. Es allí donde nace la lucha interna, el forcejeo, la tensión, que lo llevan a trabajar el cuerpo masculino. La fragilidad de la desnudes humana, el anonimato corporal, la ambivalente relación de amor y agresión, vida y muerte. El oscuro teatro de la pasión por la carne y el dominio sobre la misma y sus contenidos. La franqueza de su sentir desprovista de fugas religiosas, sicodélicas o románticas, lo lleva ser un estudioso del gesto; encontramos: caricias, estrangulamientos, besos, golpes, penetraciones y muchas más simbiosis del amor y la violencia. Esta franqueza lo ha colocado en un preponderante lugar del arte universal, una autenticidad que no necesita ser descifrada, medida, interiorizada, es latente en la ebriedad de su trazo, en la pasión de su paleta. Observar e inmediatamente conmoverse por la plasticidad de estos telones concluye un recorrido por el arte contemporáneo colombiano, que deja para el final el conmovedor testimonio de una introvertida victima del ímpetu de nuestra humanidad globalizada.
Martín Tole González

UNA CONVERSACIÓN,
LUÍS CABALLERO Y MARTA TRABA.



La Periferia

“MT: ¿Cómo definirías el erotismo en tus obras; cómo desinhibición personal, sistema de trabajo o moda generacional? LC: Es muy difícil, Marta, juzgar y analizar mi propia obra, ya que la pintura no es solo una creación lógica y racional, sino ante todo un proceso intuitivo e inconsciente. Siempre habrá en ella algo que yo no veo, y que otros pueden ver más claramente. Y explicar no ya mi obra, sino el erotismo en mi obra, es sumar dos imposibles, añadir lo irracional del erotismo a lo irracional del arte para explicarlos ambos racionalmente. Trataré de hablarle de mi pintura, y como tendré que hablarle de erotismo comprenderá mejor. Considero que mi pintura es expresionista en el sentido de que quiero expresar algo y que ese algo sea transmitido al espectador.

Quiero conmover. No simplemente con el sexo, sino más bien a través del sexo, que actúa como una especie de despertador; que nos despierta y nos hace ver. Única manera eficaz de quitarnos todo apoyo y dejarnos solos delante de nosotros mismos o delante de ese objeto que nos despertó: la pintura. La cosa se complica si le digo que lo que pretendo hacer ver es el hombre y sus relaciones con los demás hombres. Relaciones eminentemente intuitivas, sensoriales y eróticas. Digamos entonces que hay dos erotismos en mi pintura, uno racional y consciente y el otro irracional e inconsciente en el cual me pierdo yo mismo cuando pinto, cuando trato de dar forma a los sentimientos y sensaciones más variados porque están para mí siempre llenos de cualidades sensoriales. Que se trate de la vista, del olfato o del tacto; las ganas de tocar, de acariciar, de mirar, de sentir completamente. Deseos intuitivos que nos hacen amar o aborrecer antes de que el cerebro haya podido raciocinar, y que dirigen más que la razón cualquier relación humana. Cuando trato de expresar entonces todo eso no puedo no hacerlo eróticamente. Añádale a eso el sentimiento puramente erótico de ir creando una forma sensual; de dibujar un seno que es el seno que quiero tocar, de dibujar un cuerpo que es el cuerpo que quiero estrechar o la piel que quiero acariciar. Hay otro aspecto de mi pintura, el de las figuras solas y frontales. En esos cuadros no trato de resumir los sentimientos de que le hablaba. Trato de producirlos. La relación y la tensión se establecen no entre las diferentes figuras pintadas sino entre la figura pintada y el espectador.

El espectador hace parte de la obra entonces, y se trata de una relación directa y no vista desde afuera. El espectador se enfrenta con otro hombre, y ya no se trata de representar sino de presentar.

El erotismo de esas figuras es una manera de hacerlas vivas y cargadas de sensaciones. Trato de resumir en ellas toda la fuerza vital, erótica si quiere, que lleva consigo la imagen del hombre, para hacerlas tan vivas y tan inquietantes
como el hombre que las mira. En resumen, darles existencia física para que lleguen a tener existencia espiritual. Me gustaría que esas figuras llegaran a ser un día más vivas aún que el hombre. Más llenas de presencia. Que lleguen a convertirse en verdaderos súper seres; imágenes con poder propio; especies de iconos religiosos cargados de vida y de misterio. Le hablaba de iconos religiosos, y la comparación me viene al pensar que el poder y el misterio de la religión y del erotismo son muy semejantes. Ambos son irracionales, ambos conducen a otro mundo, al éxtasis, a la comprensión, a lo irracional. El del sexo es un camino paralelo al del místico en el que se renuncia a todo y se destruye todo, empezando por la razón, para llegar a un momento de lucidez o de divinidad. La religión, el erotismo y el arte son tres caminos con un fin común: la comprensión más allá del misterio. Y los tres caminos no solo se asemejan sino que también se mezclan y se confunden.

¿Bacon está siempre presente? Bacon fue para mí hace diez años un gran choque y una gran influencia. El choque fue el descubrimiento de la pintura como comunicación, más allá del juego estético, más allá del cuadro como objeto bien hecho y sin necesidad de explicaciones al margen o de notas críticas. Quise entonces apoderarme de su lenguaje, y con su lenguaje me vi obligado a decir lo que él decía y no lo que yo sentía. Pero poco a poco, a medida que iba descubriendo qué era lo que yo verdaderamente quería hacer y decir con la pintura, me fui alejando del lenguaje de Bacon para tratar de crear el mío propio. Cada pintor, si es un artista, nos impone una nueva manera de ver y de sentir. Yo pinté como Bacon porque vi y sentí a través de él; pero la visión, el sentimiento y el lenguaje eran suyos, no míos; el uno implicaba el otro, y en el momento en que me sentí distinto tuve que empezar a inventar mi propia pintura.

¿Por qué no hay objetos en tu pintura? Simplemente porque no me emocionan. Por lo menos hasta ahora. Cuando se pinta no se copia un objeto sino que se dice algo sobre él. Y cuando un objeto me conmueva hasta el punto de creer que a través de él pueda expresarme entonces lo pintaré. Por el momento la carga emotiva que tienen para mí los objetos está lejos de igualar a la del cuerpo humano.

¿Por qué no hay paisaje? Sí lo hay, en todos mis últimos cuadros. El paisaje apareció poco a poco a medida que sentía que a través de él podría expresarme y a medida que iba descubriendo
la manera de expresarlo o de expresar cosas a través de él. En este momento trato de encontrar la manera de dar forma y vida -una forma cargada de vida- a las imágenes del paisaje que me conmueven. Lograr que una pradera verde, las montañas en el horizonte, las nubes que se deforman en el cielo puedan transmitir los sentimientos que he tratado de resumir en el cuerpo humano.

¿Qué te obliga a pintar? Ambición, orgullo, o decisión irremediable? Cada hombre puede y debe expresarse. Yo pinto porque esa es la forma de expresión que me apasiona, como otros se expresan a través del baile, de la política o de la mecánica. Me apasiona la lucha por dar forma visual a cosas tan vagas como los sentimientos, las emociones y las ideas. Pensar en formas é imágenes como o otros pueden pensar con palabras o con números. Pero no me siento obligado a pintar. Y la pintura en sí, el objeto, me interesa poco, como no me interesan, excepto como base, la armonía o la técnica de un cuadro. Me horroriza el arte que es solo experimental; me horroriza el arte que es solo formal, o solo intelectual. Lo que me interesa es un arte emotivo. Emoción del pintor y emoción del espectador.

Me apasiona pintar. Tratar de buscar ese punto de equilibrio perfecto en que una idea se hace forma; y por eso estoy en desacuerdo con muchas corrientes artísticas modernas en que la forma no está a la altura de la idea, o la idea no está a la altura de la forma. Pero puesto que mi modo de expresión es la pintura, en realidad sobran todas estas explicaciones verbales. A nadie se le ocurriría pedirle a un músico que dibuje una sinfonía. Si doy explicaciones es porque creo que el artista debe ser consciente de su arte, y tratar de analizar, si no su obra, por lo menos sus intenciones. Para que se sepa si lo uno está ala altura de lo otro.”


Gotas Amargas….

En agosto volveremos con más fuerzas que apuros –eso esperamos- y con las malas costumbres de siempre, resguardándonos de la sana urbanidad y la parsimonia del sol mañanero. Por ahora les dejamos un ramalazo que ambiente el lánguido cielo capitalino.

EL Mal Natural
¡Ah el atardecer viaja! las primeras horas de la noche, en el aire la bella amante anda, es libre, a solas y nunca la añoranza del viejo amor la detendrá. Pues es así lo más libre, como las ideas, la perfección ¿Pero quién acaso le describiría los sentimientos de la empañada libertad? ¿Quién la llevó a los misterios de su soledad?.. Sabrá ahora que aquellas voces, que no pertenecen a ningún hombre, son las que la acompañaran. Tendrá ese arcano sentimiento en su conocimiento y ha de haber visto su sonrisa oculta, que escapa lívida entre la crin hipnotizada ¡El buen aire del sur! Y su ajena naturaleza indeliberada. No debe ahuyentarte mujer el mal del alma que grita, pues eh allí la bienaventuranza de la vida, que muchos de su carne lavan como si de un pecado abulia enfermarán.

Yo he de confesarle, que los profundos misterios que ahora como fantasías prenden en sus sentimientos, fueron para mí, alguna vez, la sucia limosna de un corazón apagado. Las primeras sensaciones, hirvientes, en el dulce verano de los años se me dieron amargas, negras y lisas. Me creí cautivado por el ruido de la indolencia pero tremolaron en el corazón sentimientos de fuego, me embriague de la sangre de todas las pasiones, malogre la apocada voluntad y soñé las impresiones de lo siglos pasados.

De tal forma vi, la hoja seca del otoño venir muy lejos tras el borde de los trópicos, la descubrí hay, flotando, bajo cielos de mil espíritus, de mil corazones, profesé las letras de un liceísta caído soliviantado por el fragor de la naturaleza, descanse bajo la noche y perpetué al amor y al invierno como la vida.
Fue así, como alguna vez, fuera del tiempo, Sorprendí ligeros los sentidos más afables, encontré el color de cada letra rayando los cursos del éter y escuche el diorama más sensible del poeta flamante que olvido alguna vez su hogar francés y se dio a las épocas más dispersas.

Es éste el sentido por el cual cada noche se nos hace más extraña ¡un oscuro diluvio! Donde la sensación de ser reales nos sorprende y pretendemos de un amor solitario su presencia- y este sueña lejos tras la negrura-. Y asaltamos la libertad serena y nos colmamos de pasión abundante, la bendición cae siendo deseo y un desnudo sueño epígono nos manifiesta el mal natural. Nicolás Corrales

La última Gota
Un agujero
Le pregunto al tendero gordo,
Con toda seriedad:
-¿Usted es Dios, señor?
y él me responde,
Mientras corta trocitos de jamón,
Mientras mueren
Poco a poco sus ojos:
-No, no soy Dios, pero si lo conozco.
-¿Cómo es él?- le pregunto.
y él me responde: -es así.
Y me da su tamaño, su peso, sus medidas.
Héctor Rojas Herazo

[1] En Cómo Leer, Ezra Pound, traducido por Miguel Martínez Lage, Ediciones Taller de Escritura Creativa, Barcelona, 2000.
[2] Un escritor que mantiene un blog, Edmundo Paz Soldán, considera al blog como un “punto de partida para la Literatura del siglo XXI”, en Babelia del 16 de marzo de 2008, “Las Fronteras de los recursos literarios se amplían”
[3] La polémica entre Vicente Verdú y Manuel Rico, a partir de un artículo publicado por el primero, “Reglas para la supervivencia de la novela”, en Babelia (Noviembre de 2007) y la respuesta del segundo en El País (Marzo de 2008), recuerdan, en gran medida, las discusiones en torno a lo que es o no es la Literatura por parte de distintas academias y tendencias literarias en varios momentos a lo largo del siglo pasado.

Galardonada por "su capacidad para transmitir la épica de la experiencia femenina y narrar la división de la civilización con escepticismo, pasión y fuerza visionaria." La escritora Doris Lessing, es la 34ª mujer ganadora de un Nobel y la onceava en ganar el de Literatura. Lessing estuvo ausente por problemas de salud en la ceremonia del 7 diciembre de 2007, encargó a su editor Nicholas Pearson de la lectura de su texto. Nacida en Khermanshah, Persia (actual Irán) el 22 de octubre de 1919, a los 88 años es la persona mas veterana en recibir este galardón, sus obras principales son: Canta la hierba (1950), Al final de la tormenta (1958), El cuaderno dorado (1962), La ciudad de las cuatro puertas (1969), Memorias de una superviviente, (1974), Los experimentos sirios (1981), Risa africana (1992), Las abuelas (2003) y La grieta (2007).

Como no ganar el premio Nobel.

Por Doris Lessing.

Traducción de Laura Canteros.

Estoy de pie junto a una puerta y miro a través de remolinos de polvo hacia donde me han dicho que aún existe bosque sin talar. Ayer conduje a través de kilómetros de tocones y restos calcinados de incendios donde, en el '56, se encontraba el bosque más maravilloso que jamás haya visto, ahora completamente devastado. Las personas tienen que comer. Y necesitan material para encender el fuego.

Me encuentro en el noroeste de Zimbabwe a principios de la década de 1980 y vine a visitar a un amigo que era maestro en una escuela de Londres. Está aquí "para ayudar a África" como solemos decir. Es un alma genuinamente idealista y las condiciones en que encontró esta escuela le provocaron una depresión de la que le costó mucho recuperarse. Esta escuela se parece a todas las escuelas construidas después de la Independencia. Está compuesta por cuatro grandes salones de ladrillo uno a continuación del otro, edificados directamente sobre la tierra, uno dos tres cuatro, con medio salón en un extremo, para la biblioteca. En estas aulas hay pizarrones, pero mi amigo guarda las tizas en el bolsillo, para evitar que las roben. No hay ningún atlas ni globo terráqueo en la escuela, tampoco libros de texto, carpetas de ejercicios ni biromes, en la biblioteca no hay libros que a los alumnos les gustaría leer: son volúmenes de universidades estadounidenses, incluso demasiado pesados para levantar, ejemplares descartados de bibliotecas blancas, historias de detectives o títulos similares a Fin de semana en Paris o Felicity encuentra el amor.

Hay una cabra que intenta buscar sustento en unos pastos resecos. El director ha malversado los fondos escolares y se encuentra suspendido, situación que suscita la pregunta habitual para todos nosotros aunque por lo general en contextos más prósperos: ¿Cómo puede ser que estas personas se comporten de tal manera cuando deben saber que todos las están observando?

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Mi amigo no tiene dinero porque todo el mundo, alumnos y maestros, le piden prestado cuando cobra el sueldo y probablemente nunca le devuelvan el préstamo. Los alumnos tienen entre seis y veintiséis años porque quienes no pudieron asistir a la escuela antes se encuentran aquí para remediar tal situación. Algunos alumnos recorren muchos kilómetros cada mañana, con lluvia o con sol y a través de ríos. No pueden hacer tareas escolares en sus casas porque no hay electricidad en las aldeas y no es fácil estudiar a la luz de un leño encendido. Las niñas deben ir a buscar agua y cocinar cuando vuelven a sus hogares desde la escuela y antes de partir hacia la escuela.

Mientras estoy con mi amigo en su cuarto, varias personas se acercan tímidamente y todas piden libros. "Por favor, mándanos libros cuando regreses a Londres." Un hombre dijo: "Nos enseñaron a leer, pero no tenemos libros". Todas las personas que conocí, todas ellas, pedían libros.

Estuve varios días allí. El polvo volaba por todas partes, escaseaba el agua porque las cañerías se habían roto y las mujeres volvían a acarrear agua desde el río.

Otro maestro idealista llegado de Inglaterra se había enfermado de bastante gravedad luego de ver el estado en que se encontraba esta "escuela".

El último día de mi visita finalizaba el ciclo lectivo y sacrificaron la cabra, que cortaron en trocitos y cocinaron en una gran fuente. Era el esperado banquete de fin de ciclo, guiso de cabra y puré. Me alejé de allí antes de que terminara, conduje por el camino de regreso entre calcinados restos y tocones que habían sido bosque.

No creo que muchos alumnos de esta escuela lleguen a obtener premios.

Al día siguiente estoy en una escuela en la zona norte de Londres, una escuela muy buena, cuyo nombre todos conocemos. Es una escuela para varones. Buenos edificios y jardines.

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Estos alumnos reciben la visita de alguna persona famosa todas las semanas y resulta natural que muchos de los visitantes sean padres, familiares e incluso madres de los alumnos. La visita de una celebridad no es ningún acontecimiento para ellos.

La escuela rodeada por nubes de polvo al noroeste de Zimbabwe ocupa mi mente y contemplo estas caras ligeramente expectantes e intento contarles acerca de aquello que he visto durante la última semana. Aulas sin libros, sin manuales, ni un atlas, ni siquiera un mapa colgado en la pared. Una escuela donde los maestros suplican que les envíen libros para aprender a enseñar, ellos, que sólo tienen dieciocho o diecinueve años, piden libros. Les cuento a estos niños que todas y cada una de las personas piden libros: "Por favor, mándennos libros". Estoy segura de que quien pronuncie un discurso aquí advertirá el momento en que las caras que tiene frente a sí se tornan inexpresivas. Tu público no escucha lo que dices: no hay imágenes en sus mentes para asociar con aquello que les cuentas. En este caso, una escuela situada entre nubes de polvo, donde el agua es escasa y donde, al finalizar el ciclo lectivo, una cabra recién faenada y cocida en una olla grande constituye el banquete de fin de año.

¿Acaso les resulta imposible imaginar una pobreza tan abyecta?

Me esfuerzo al máximo. Son individuos bien educados.

Estoy convencida de que en este grupo habrá unos cuantos que recibirán premios.

Al finalizar el encuentro, converso con los docentes y como siempre pregunto cómo es la biblioteca y si los alumnos leen. Y aquí, en esta escuela privilegiada, oigo aquello que siempre oigo cuando voy de visita a las escuelas e incluso a las universidades.

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—Ya sabes cómo es. Muchos niños jamás han leído nada y sólo se usa la mitad de la biblioteca.

"Ya sabes como es". Sí, efectivamente sabemos cómo es. Todos nosotros.

Somos parte de una cultura fragmentadora, donde se cuestionan nuestras certezas de apenas pocas décadas atrás y donde es común que hombres y mujeres jóvenes con años de educación no sepan nada acerca del mundo, no hayan leído nada, sólo conozcan alguna especialidad y ninguna otra, por ejemplo, las computadoras.

Somos parte de una época que se distingue por una sorprendente inventiva, las computadoras y la Internet y la televisión, una revolución. No es la primera revolución que nosotros, los humanos, hemos abordado. La revolución de la imprenta, que no se produjo en cuestión de décadas sino durante un lapso más prolongado, modificó nuestras mentes y nuestra manera de pensar. Con la temeridad que nos caracteriza, aceptamos todo, como siempre, sin preguntar jamás "¿Qué nos va a pasar ahora con este invento de la imprenta?". Y así, tampoco nos detuvimos ni un momento para averiguar de qué manera nos modificaremos, nosotros y nuestras ideas, con la nueva Internet, que ha seducido a toda una generación con sus necedades en tal medida que incluso personas bastante razonables confesarán que una vez que se han conectado es difícil despegarse y podrían descubrir que han dedicado un día entero a navegar por blogs y a publicar textos carentes de todo sentido, etc.

Hace poco tiempo, incluso las personas menos instruidas respetaban el aprendizaje, la educación y otorgaban reconocimiento a nuestras grandes obras literarias. Por supuesto, todos sabemos que durante el transcurso de esa feliz etapa, muchas personas simulaban leer, simulaban respeto por el aprendizaje, pero existen pruebas de que los trabajadores y las trabajadoras anhelaban tener libros y ello se evidencia en la creación de bibliotecas, institutos y universidades obreras durante los siglos XVIII y XIX.

La lectura, los libros solían formar parte de la educación general.

Las personas mayores, cuando hablan con los jóvenes, deben tener en cuenta el papel fundamental que desempeñaba la lectura para la educación porque los jóvenes saben mucho menos. Y si los niños no saben leer, es porque nunca han leído.

Todos conocemos esta triste historia.

Pero no conocemos su final.

Recordemos el antiguo proverbio: "La lectura es el alimento del alma" —y dejemos de lado los chistes relacionados con los excesos en la comida—, la lectura alimenta el alma de mujeres y hombres con información, con historia, con toda clase de conocimientos.

Pero nosotros no somos los únicos habitantes del mundo. No hace demasiado tiempo me telefoneó una amiga para contarme que había estado en Zimbabwe, en una aldea donde sus habitantes habían pasado tres días sin comer, pero seguían hablando sobre libros y cómo conseguirlos, sobre educación.

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Pertenezco a una pequeña organización que se fundó con el propósito de abastecer de libros a las aldeas. Había un grupo de personas que por motivos diferentes había recorrido todas las zonas rurales del territorio de Zimbabwe. Nos informaron que en las aldeas, a diferencia de la opinión generalizada, viven muchísimas personas inteligentes, maestros jubilados, maestros con licencia, niños de vacaciones, ancianos. Yo misma solventé una pequeña encuesta para averiguar las preferencias de los lectores y descubrí que los resultados eran similares a los que arrojaba una encuesta sueca, cuya existencia desconocía hasta ese momento. Esas personas querían leer aquello que quieren leer los europeos, al menos quienes leen: novelas de todas clases, ciencia ficción, poesía, historias de detectives, obras dramáticas, Shakespeare y los libros de autoenseñanza —cómo abrir una cuenta bancaria, por ejemplo—, aparecían al final de la lista. Mencionaban las obras completas de Shakespeare: conocían el nombre. Un problema para encontrar libros destinados a los aldeanos consiste en que ellos desconocen la oferta, de modo que un libro de lectura obligatoria en la escuela como El alcalde de Casterbridge [de Thomas Hardy] se vuelve popular porque todos saben que es posible conseguirlo. Rebelión en la granja, por razones obvias, es la más popular de las novelas.

Nuestra pequeña organización conseguía libros de toda fuente posible, pero recordemos que un buen libro de bolsillo editado en Inglaterra costaba un salario mensual: así ocurría antes de que se impusiera el reinado del terror de Mugabe. Ahora, debido a la inflación, equivaldría al salario de varios años. Pero cada vez que llegue una caja de libros a una aldea —y recordemos que hay una terrible escasez de gasolina— se la recibirá con lágrimas de alegría. La biblioteca podrá ser una plancha de madera apoyada sobre ladrillos bajo un árbol. Y en el transcurso de una semana comenzarán a dictarse clases de alfabetización: las personas que saben leer enseñan a quienes no saben, una verdadera práctica cívica, y en una aldea remota, como no había novelas en lengua tonga, un par de muchachos se dedicó a escribirlas. Existen unos seis idiomas principales en Zimbabwe y en todos ellos hay novelas, violentas, incestuosas, plagadas de delitos y asesinatos.

Nuestra pequeña organización contó desde sus inicios con el apoyo de Noruega y luego de Suecia. Porque sin esta clase de apoyo nuestros suministros de libros se hubieran agotado muy pronto. Se envían novelas publicadas en Zimbabwe y, también, libros de bricolaje a personas ávidas de ellos.

Suele decirse que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, pero no creo que sea verdad en Zimbabwe. Y debemos recordar que tal respeto y avidez por los libros surge, no del régimen de Mugabe sino del anterior, de la época de los blancos. Semejante hambre de libros es un fenómeno sorprendente y puede observarse en todo el territorio comprendido entre Kenya y el Cabo de Buena Esperanza.

Existe un vínculo improbable entre tal fenómeno y un hecho: crecí en una vivienda que era virtualmente una choza de barro con techo de paja. Es la clase de construcción típica en todas las zonas donde hay juncos o pastizales, suficiente barro, soportes para las paredes. En Inglaterra durante la época de predominio sajón, por ejemplo. La casa donde viví tenía cuatro habitaciones, una junto a otra, no sólo una, y de hecho estaba llena de libros. Mis padres no se limitaron a llevar libros desde Inglaterra a África sino que mi madre compraba libros para sus hijos que llegaban desde Inglaterra en grandes paquetes envueltos con papel madera y que fueron la alegría de mis primeros años. Una choza de barro, pero llena de libros.

Y suelo recibir cartas de personas que viven en una aldea donde no hay suministro de electricidad ni agua corriente (tal como nuestra familia en nuestra elongada choza de barro): "Yo también seré escritor, porque tengo la misma clase de casa en que vivía usted".

Pero aquí está la dificultad. No.

La escritura, los escritores, no provienen de casas sin libros.

Allí está la brecha. Allí está la dificultad.

-5-

Estuve leyendo los discursos de algunos de los recientes ganadores del premio [Nobel]. Pensemos en el extraordinario Pamuk. Contaba él que su padre tenía mil quinientos libros. Su talento no surgió del vacío, estaba en contacto con las mejores tradiciones.

Pensemos en V.S. Naipaul. Según señala, los Vedas hindúes formaban parte de sus recuerdos familiares. Su padre lo estimuló para escribir. Y cuando llegó a Inglaterra por sus propios méritos utilizó la Biblioteca Británica. Estaba en contacto con las mejores tradiciones.

Pensemos en John Coetzee. No se limitaba a mantenerse en contacto con las mejores tradiciones, él mismo era la tradición: daba clases de literatura en Ciudad del Cabo. Y cuánto lamento no haber asistido a alguna de ellas, dictadas por esa mente maravillosa por su audacia y valentía.

Para escribir, para crear literatura, debe existir una estrecha relación con las bibliotecas, con los libros, con la Tradición.

Tengo un amigo en Zimbabwe. Un escritor. Es negro y este aspecto es pertinente. Aprendió a leer solo por medio de las etiquetas que aparecían en los frascos de mermelada y en las latas de fruta en conserva. Creció en una zona que he recorrido, una zona rural para población negra. El suelo está formado por arena y grava, hay escasos arbustos achaparrados. Las chozas son pobres, en nada parecidas a las bien mantenidas construcciones de quienes disponen de mayores recursos. Hay una escuela... semejante a aquella que ya he descripto. Mi amigo encontró una enciclopedia para niños que alguien había arrojado a la basura y la utilizó para aprender.

Para la época de la Independencia, en 1980, había un grupo de buenos escritores en Zimbabwe, un verdadero nido de pájaros cantores. Habían crecido al sur de la antigua Rhodesia, bajo el dominio blanco: las escuelas de los misioneros eran las mejores escuelas. En Zimbabwe no se forman escritores. No es fácil, mucho menos bajo el dominio de Mugabe.

Todos ellos recorrieron un arduo camino hacia la alfabetización, sin mencionar sus esfuerzos para convertirse en escritores. Me refiero a que las situaciones relacionadas con textos impresos en latas de mermelada y enciclopedias desechadas no eran infrecuentes. Y estamos hablando de personas que aspiraban a una educación cuyos estándares estaban muy lejos de su alcance. Una choza o varias con muchos niños, una madre agobiada por el trabajo, una lucha permanente por la comida y la ropa.

Sin embargo, a pesar de las dificultades, surgieron los escritores y hay algo más que debemos recordar. Estábamos en Zimbabwe, territorio conquistado físicamente menos de cien años antes. Los abuelos y las abuelas de estas personas podrían haber sido los narradores de su clan. La tradición oral. En el transcurso de una generación, o dos, se produjo la transición desde las historias recordadas y transmitidas oralmente a la impresión, a los libros. Un logro formidable.

Libros, literalmente rescatados de montones de desechos y escoria del mundo del hombre blanco. Pero aunque tengas una pila de papel (no impreso, que ya es un libro), es necesario encontrar un editor, que te pague, que se mantenga solvente, que distribuya los libros. Recibí numerosos informes sobre el panorama editorial para África. Incluso en las zonas más privilegiadas como África del Norte, con su diferente tradición, hablar de un panorama editorial es un sueño de posibilidades.

Aquí estoy, hablando de libros nunca escritos, de escritores que no trascienden porque no encuentran editores. Voces desoídas. No es posible estimar semejante desperdicio de talento, de potencial. Pero incluso antes de esa etapa en la creación de un libro que exige un editor, un anticipo, estímulo, hace falta algo más.

A los escritores se les suele preguntar: ¿Cómo escribes? ¿Con un procesador de texto? ¿Con máquina de escribir eléctrica? ¿Con pluma de ganso? ¿Con caracteres caligráficos? Sin embargo, la pregunta fundamental es: "¿Has encontrado un espacio, ese espacio vacío, que debe rodearte cuando escribes?". A ese espacio, que es una forma de escuchar, de prestar atención, llegarán las palabras, las palabras que pronunciarán tus personajes, las ideas: la inspiración.

Si un determinado escritor no logra encontrar este espacio, entonces los poemas y los cuentos podrían nacer muertos.

Cuando los escritores conversan entre sí, sus preguntas se relacionan siempre con este espacio, este otro tiempo. "¿Lo has encontrado? ¿Lo conservas?"

Pasemos a un panorama en apariencia muy diferente. Estamos en Londres, una de las grandes ciudades. Ha surgido una nueva escritora o un nuevo escritor. Con cinismo, preguntamos: ¿Tiene buenos pechos? ¿Es elegante? Si se trata de un hombre: ¿Es carismático? ¿Es atractivo? Hacemos chistes, pero no es ningún chiste.

A este nuevo hallazgo se lo aclama, con seguridad recibe mucho dinero. Los paparazzi comienzan a zumbar en sus pobres oídos. Se los agasaja, alaba, transporta por el mundo entero. Nosotros, los mayores, que ya conocemos todo eso, sentimos pena por los neófitos, que no tienen idea de qué ocurre en realidad.

Ella, él disfruta de los halagos, del reconocimiento.

Pero preguntémosle qué piensa un año después. Me parece escucharlos: "Es lo peor que me pudo haber pasado".

Algunos de los tan publicitados nuevos escritores no han vuelto a escribir o no han escrito aquello que querían, que se proponían escribir.

Y nosotros, los mayores, quisiéramos susurrar a esos oídos inocentes. "¿Aún conservas tu espacio? Tu espacio único, propio y necesario donde puedan hablarte tus propias voces, sólo para ti, donde puedas soñar. Entonces, sujétate fuerte, no te sueltes."

Es imprescindible alguna clase de educación.

En mi mente habitan magníficos recuerdos de África que puedo revivir y contemplar cuantas veces quiera. Por ejemplo, esas puestas de sol, doradas, púrpuras y anaranjadas, que se despliegan en el cielo al atardecer. ¿Y las mariposas diurnas y nocturnas y las abejas sobre los aromáticos arbustos del Kalahari? O, cuando me sentaba a la orilla del Zambezi, allí donde corre bordeado por pastos claros, durante la estación seca, con su satinado y profundo tono de verde, con todas las aves de África cerca de sus márgenes. Sí, elefantes, jirafas, leones y otros animales, había muchísimos, pero cómo olvidar el cielo nocturno, aún incontaminado, negro y maravilloso, cubierto de inquietas estrellas.

-6-

Pero hay otra clase de recuerdos. Un joven, de unos dieciocho años, llora frente a su "biblioteca". Un visitante estadounidense, al ver una biblioteca sin libros, envió un cajón, pero el joven los tomó uno por uno, con sumo respeto, y los envolvió en material plástico. "Pero", le dijimos, "¿acaso esos libros no son para leer?" y nos respondió: "No, se van a ensuciar y entonces ¿dónde consigo otros?".

Su deseo es que le mandemos libros desde Inglaterra para aprender a enseñar. "Sólo cursé cuatro años de escuela secundaria", suplica, "pero nunca me enseñaron a enseñar."

He visto un Maestro en una escuela donde no había libros de texto, ni siquiera un trozo de tiza para el pizarrón —la habían robado— enseñar a su clase formada por alumnos entre seis y dieciocho años con piedritas que movía sobre la tierra mientras recitaba "Dos por dos son…", etc. He visto una muchacha, de escasos veinte años, con similar escasez de libros de texto, carpetas de ejercicios, biromes, de todo, que dibujaba las letras del abecedario con un palito en el suelo, bajo el sol calcinante y en medio de una nube de polvo.

Somos testigos de esa inagotable hambre de educación que impera en África, en cualquier lugar del Tercer Mundo o como sea que llamemos a esas partes del mundo donde los padres aspiran a que sus hijos tengan acceso a una educación que los saque de la pobreza, a los beneficios de la educación.

Nuestra educación que tan amenazada se encuentra en esta época.

Quisiera que se imaginasen a sí mismos en algún lugar del sur de África, en un comercio de ramos generales propiedad de un hindú, en una zona pobre, durante una época de sequía prolongada. Hay una hilera de personas, en su mayoría mujeres, con toda clase de recipientes para agua. Este negocio recibe una provisión de agua cada tarde desde la ciudad y esas personas están esperando su ración de esa preciada agua.

El hindú presiona las muñecas contra la superficie del mostrador y observa a una mujer negra, que se inclina sobre un cuadernillo de papel que parece arrancado de un libro. Está leyendo Anna Karenina.

Ella lee con lentitud, palabra por palabra. Parece un libro difícil. Es una joven con dos niños pequeños que se aferran a sus piernas. Está embarazada. El hindú se angustia al ver la pañoleta que cubre la cabeza de la joven, que debería ser blanca, pero a causa del polvo tiene un tono amarillento. El polvo se deposita entre sus pechos y sobre sus brazos. Al hombre lo angustian las hileras de personas, todas sedientas, porque no tiene suficiente agua para darles. Se indigna porque sabe que las personas se están muriendo allí afuera, más allá de las nubes de polvo. Su hermano, mayor, le ayudaba con el negocio, pero dijo que necesitaba un descanso, se había ido a la ciudad, bastante enfermo en realidad, a causa de la sequía.

El hombre siente curiosidad. Y pregunta a la joven: —¿Qué estás leyendo?

—Es sobre Rusia —responde la chica.

—¿Sabes dónde queda Rusia? —Tampoco él está muy seguro.

La joven lo mira fijamente con gran dignidad, aunque tenga los ojos enrojecidos por el polvo. —Yo era la mejor de la clase. Mi maestra me dijo que era la mejor.

La joven retoma la lectura: quiere llegar al final del párrafo.

El hindú mira los dos niñitos y toma una botella de Fanta, pero la madre dice: —La Fanta les da más sed.

El hindú sabe que no debería hacer algo semejante, pero se inclina hacia un enorme recipiente plástico que se encuentra a su lado detrás del mostrador y sirve agua en dos jarros plásticos que entrega a los niños. Observa mientras la joven mira beber a sus hijos con los labios temblorosos. El hombre le sirve un jarro de agua. Le hace daño verla beber con esa sed tan dolorosa.

Luego ella le entrega un recipiente plástico para agua, que el hombre llena. La joven y los niños lo observan atentamente para que no derrame ni una gota.

Ella vuelve a inclinarse sobre el libro. Lee con lentitud, pero el párrafo la fascina y vuelve a leerlo.

"Varenka lucía muy atractiva con la pañoleta blanca sobre su negra cabellera, rodeada por los niños a quienes atendía con alegría y buen humor y al mismo tiempo visiblemente entusiasmada por la posibilidad de una propuesta de matrimonio que le formularía un hombre a quien apreciaba. Koznyshev caminaba a su lado y le dirigía constantes miradas de admiración. Al contemplarla, recordaba todas las cosas encantadoras que había escuchado de sus labios, todas las virtudes que le conocía y se tornaba más y más consciente de que sus sentimientos por ella eran algo singular, algo que sólo había sentido una vez, mucho, mucho tiempo atrás, en su primera juventud. La dicha de estar junto a ella aumentaba a cada paso y por fin llegó a un punto tal que, mientras colocaba en su cesta un enorme hongo comestible con tallo delgado y bordes curvilíneos en el extremo superior, la miró a los ojos y, al advertir el rubor de alegre inquietud temerosa que inundaba su cara, se sintió confundido y, en silencio, le dirigió una sonrisa por demás reveladora."

Este fragmento de material impreso se encuentra sobre el mostrador, junto a varios ejemplares viejos de revistas, unas cuantas hojas de periódicos con muchachas en bikini.

Ha llegado el momento de abandonar el refugio del negocio y desandar los seis kilómetros para llegar a su aldea. Ya es hora... Afuera las hileras de mujeres que esperan se quejan a gritos. Sin embargo, el hindú deja correr el tiempo. Sabe cuánto esfuerzo le demandará a esta joven volver a su casa arrastrando a dos niños. Quisiera regalarle ese trozo de prosa que tanto la fascina, pero le resulta increíble que ese retoño de mujer con su enorme barriga sea capaz de comprenderlo.

¿Cómo ha ido a parar un tercio de Anna Karenina a este mostrador de un remoto comercio de ramos generales? Así.

Sucedió que un funcionario jerárquico de las Naciones Unidas compró un ejemplar de esta novela en la librería cuando inició sus viajes a través de varios océanos y mares. En el avión, se acomodó en su asiento de clase ejecutiva y de un tirón dividió el libro en tres partes. Mientras tanto, miraba a los otros pasajeros con la seguridad de encontrar expresiones de estupor, de curiosidad y también de hilaridad. Luego, ya con el cinturón de seguridad bien sujeto, dijo en voz alta a quien quisiera escucharlo: "Es mi costumbre para los viajes largos. A nadie le gusta sostener un libro muy pesado. La novela era una edición de bolsillo, pero no deja de ser un libro extenso. El hombre estaba acostumbrado a que lo escuchasen cuando hablaba. "Viajo todo el tiempo", confesó. "Viajar en esta época ya es bastante esfuerzo." Tan pronto como los pasajeros se acomodaron, abrió su parte de Anna Karenina y se puso a leer. Cuando alguien lo miraba, por curiosidad o no, se desahogaba. "No, en realidad es la única manera de viajar." Conocía la novela, le gustaba y este original modo de leer verdaderamente agregaba sabor a aquello que al fin de cuentas era un libro famoso.

-7-

Cuando llegaba al final de una sección del libro, llamaba a la azafata y se la enviaba a su secretaria, quien viajaba en clase económica. Esta situación atraía gran interés, reprobación, justificada curiosidad cada vez que una sección de la gran novela rusa llegaba, mutilada aunque legible, a la parte posterior del avión. En general, esta ingeniosa forma de leer Anna Karenina produjo una impresión y es probable que ninguno de los testigos la haya olvidado.

Mientras tanto, en el negocio del hindú, la joven permanece apoyada contra el mostrador con sus hijitos prendidos de su falda. Usa jeans, porque es una mujer moderna, pero sobre ellos se ha puesto la gruesa falda de lana, parte del atuendo tradicional de su pueblo: sus hijos pueden aferrarse a ella, a sus amplios pliegues.

La joven dirigió una mirada agradecida al hindú, sabía que el hombre la apreciaba y se compadecía de ella, y salió en dirección a la polvareda.

Los niños ya no tenían fuerzas ni para llorar y las gargantas se les habían llenado de polvo.

Era penosa, claro que sí, era penosa esa caminata, un pie tras otro, a través del polvo que se depositaba en blandos montículos traicioneros bajo sus plantas. Es penoso, muy penoso, pero ella estaba acostumbrada a las penurias ¿o no? Sus pensamientos estaban ocupados por la historia que acababa de leer. Iba pensando: "Se parece a mí, con su pañoleta blanca y también porque cuida niños. Yo podría ser ella, esa chica rusa. Y ese hombre, que la ama y le propondrá matrimonio. (No había pasado de aquel párrafo.) Sí, también encontraré a un hombre y me llevará lejos de todo esto, a mí y a los niños, sí, me amará y me cuidará".

La joven sigue avanzando. El recipiente de agua le pesa en los hombros. Sigue adelante. Los niños oyen el sonido del agua que se agita dentro del recipiente. A medio camino ella se detiene para acomodar el recipiente. Sus hijos gimotean y lo tocan. Ella piensa que no lo puede abrir, porque se llenaría de polvo. De ninguna manera puede abrir el recipiente antes de llegar a casa.

—Esperen —dice a sus hijos—. Esperen.

Debe darse ánimo y continuar.

Y piensa. Mi maestra dijo que allí había una biblioteca, más grande que el supermercado, un edificio grande lleno de libros. La joven sonríe mientras avanza y el polvo le azota la cara. Soy inteligente, piensa. La maestra dijo que soy inteligente. La más inteligente de la escuela, así dijo ella. Mis hijos serán inteligentes, igual que yo. Los llevaré a la biblioteca, ese lugar lleno de libros, e irán a la escuela y serán maestros. Mi maestra me dijo que yo también podría ser maestra. Mis hijos estarán lejos de aquí, ganarán dinero. Vivirán cerca de la gran biblioteca y llevarán una buena vida.

Supongo que se preguntarán cómo terminó aquel trozo de la novela rusa que estaba sobre el mostrador del negocio de ramos generales.

Sería un buen argumento para un cuento. Tal vez alguien quiera contarlo.

Y allí va esa pobre chica, sostenida por la expectativa del agua que dará a sus hijos cuando llegue a casa y que ella misma beberá también. Y allí va... a través de las pavorosas polvaredas que provoca una sequía africana.

-8-

Estamos hastiados en nuestro mundo, en nuestro mundo amenazado. Tenemos talento para la ironía e incluso para el cinismo. Apenas si utilizamos ciertas palabras e ideas, debido al desgaste que experimentan. Pero tal vez queramos recuperar algunas palabras que han perdido su potencialidad.

Tenemos un yacimiento —un tesoro— de literatura que se remonta a los egipcios, a los griegos, a los romanos. Todo está allí, esta abundancia de literatura por descubrir una y otra vez para quien tenga la suerte de encontrarla. Un tesoro. Supongamos que no existiera. Qué empobrecidos, qué vacíos estaríamos.

Poseemos una herencia de idiomas, poemas, cuentos, relatos que jamás se agotará. Podemos disponer de ella, siempre.

Tenemos un legado de cuentos, relatos de los antiguos narradores, algunos cuyos nombres conocemos y otros no. Los narradores retroceden más y más en el tiempo hasta un claro del bosque donde arde una enorme hoguera y los antiguos chamanes bailan y cantan, porque nuestro patrimonio de cuentos se originó en el fuego, la magia, el mundo de los espíritus. Y es allí donde permanece, hasta el presente.

Si consultamos a algún narrador moderno, nos dirá que siempre existe un momento de contacto con el fuego, con aquello que nos gusta llamar inspiración y que se remonta al pasado remoto hasta el origen de nuestra raza, al fuego, al hielo y a los fuertes vientos que nos dieron forma y que conformaron nuestro mundo.

El narrador vive dentro de todos nosotros. El creador de historias siempre va con nosotros. Supongamos que nuestro mundo padeciera una guerra, los horrores que todos podemos imaginar con facilidad. Supongamos que las inundaciones anegaran nuestras ciudades, que el nivel de los mares se elevara…, el narrador sobrevivirá, porque nuestra imaginación nos determina, nos sustenta, nos crea: para bien o para mal y para siempre. Nuestros cuentos, el narrador, nos recrearán cuando estemos desgarrados, heridos, e incluso destruidos. El narrador, el creador de sueños, el inventor de mitos es nuestro fénix, nuestra mejor expresión, cuando nuestra creatividad alcanza su punto máximo.

Esa pobre chica que atraviesa trabajosamente la polvareda y sueña con educación para sus hijos, ¿acaso somos mejores que ella, nosotros, atiborrados de comida, con nuestros armarios repletos de ropa, sofocados por nuestras superabundancias?

Creo que esa chica y las mujeres que seguían hablando sobre libros y educación aunque llevaran tres días sin comer son quienes nos podrían definir.

© 2007, The Nobel Foundation. Texto traducido y reproducido en /www.imaginaria.com.ar


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